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El gran paso

De cómo se traslada un centro espírita 12 de mayo de 2012

 

Janaína de Oliveira


El 12 de mayo de 2012 fue un marco para nuestro centro espírita y vale la pena recordarlo.


Fue un sábado muy especial.

Nos reunimos en el local que acogió las reuniones del Centre Espírita Amalia Domingo Soler durante 8 años por última vez. 

Teníamos la tarea de hacer el traslado a nuestro nuevo local, más grande y luminoso. 

Los momentos que hemos vivido entre las paredes del local en la calle Pavia seguirán vivos en la memoria y la historia que escribiremos en la calle Ventura Plaja apenas empezaba.


Os prometí que os explicaría todo lo que mi corazón fuera capaz de ver… Aquí va mi crónica, pero estoy segura de que lo que mi corazón vio, no lo seré capaz de entender en toda su belleza en hasta dentro de mucho tiempo. 


A mí me sigue sorprendiendo esta característica de la vida, que insiste en enseñarnos cosas en retrospectiva… Ves algo, piensas que lo entiendes y, años después, una canción que escuchas, la voz de un desconocido por la calle, un libro que les o una dificultad a la que te enfrentas te devuelve a aquel momento y todo cobra un sentido más completo. 


Esta crónica no es más que un intento de retener en la memoria lo que sea posible de lo que hemos vivido este día, a la espera de que la vida nos enseñe qué quiere decir todo esto para cada uno de nosotros como espíritus y para este gran equipo de encarnados y desencarnados que nos hemos reunido en el Centre Espírita Amalia Domingo Soler.



Vi cómo la gente llegaba llena de alegría y disposición, vestidos con ropa cómoda porque hoy la oración sería toda acción. Vi cómo el equipo de las empaquetadoras rápidamente se puso a trabajar, montando cajas llenándolas con los materiales de la administración de nuestro centro, de la evangelización y de los proyectos de la cesta básica y del mercado solidario. Vi cómo el equipo de la limpieza cogió con ánimo los cubos, fregonas y productos y se puso de camino del nuevo local, para que cuando los demás llegaran con nuestras cosas, el centro ya estuviera habitable. Mientras, vi como el equipo de los transportadores desmontaban los armarios o cogían en brazos a todo lo que podían cargar tal cual.


La furgo de Carlos llegó y mientras unos llenaban las cajas, otros las iban metiendo en el coche. Cada persona que se liberaba del trabajo subía las cuatro manzanas que nos separaban del nuevo local cargando bolsas, ventiladores y lo que pudiera llevar en brazos. 


Pronto las paredes del local en la calle Pavía quedaron desnudas, el espacio vacío, se cerraron las puertas y se hizo silencio en su interior. 



¿Quién será algún día capaz de contar todo el esfuerzo espiritual, económico, emocional y físico que ha sido necesario para que nos trasladásemos sólo cuatro manzanas más arriba? 

Yo no… 


La energía que nos había puesto en marcha no dio tiempo a sentir nostalgia. Había mucho trabajo que hacer y todo el día por delante. Vi al entrar en el nuevo centro las paredes pintadas de blanco, el suelo gris reluciente y muchas cajas, muchas cajas y bolsas por todas partes. Hasta allí yo había tenido la sensación que ni siquiera habría hecho falta cancelar la clase de la tarde… Todo iba sobre ruedas, acabaríamos pronto y tendríamos la tarde libre… La visión de todas las cajas, bolsas, alimentos, libros y muebles me devolvió a la realidad. 


El contraste entre la facilidad de la primera fase con la sensación de turbación que me invadía ante la tarea de reorganización me hizo pensar mientras caminaba por el nuevo local… Pensé qué fácil es desmontar las cosas y qué difícil es organizarlas; qué fácil es criticar y qué difícil es orientar… qué fácil es hacer daño y qué difícil es perdonar… También pensé, mejor me concentro en lo que me toca hacer y me dejo de filosofía o no acabamos hoy… y me fui con Andrea y Sylvia a la sala de la educación espírita infantil. 


Anna distribuía los espacios, algunas compañeras limpiaban, los chicos movían los muebles, un grupo de chicas deshacían las cajas, otro organizaba los libros… 


Carlos, que se ocupó de la reforma del local con generosidad y entrega, corría de un lado a otro, haciendo agujeros en la pared, poniendo enchufes que no estaban previstos, respondiendo a las preguntas que saltaban a todo momento. 


Fuimos a comer al Tayba. ¡Uff, cómo tardó la comida! 


Volvimos al trabajo y la actividad reempezó. Vi como poco a poco las cajas iban desapareciendo, la estantería se iba llenando de libros y los armarios de cosas. Vi como la habitación de la educación espírita infantil se iba transformando en un espacio acogedor y cómo cada rincón se transformaba… Vi como se colgaban cuadros y relojes, cómo los alimentos de la cesta básica finalmente quedaron ordenados, cómo se taparon las estanterías del mercado solidario con cortinas blancas… Vi cómo todo quedó limpio y las sillas dispuestas para la conferencia de mañana, primer acto en nuestro centro - ¡qué anchos estaremos, familia! Vi como nos sentamos ahí mirando todo con asombro, alegría y esperanza… Vi cómo nos pusimos en círculo para la oración final y nos abrazamos emocionados y agradecidos, cansados y felices por el trabajo hecho. 


Mi corazón vio como hombres que están en vías de perder su empleo se entregaban con ilusión al servicio; vio como mujeres que tienen graves problemas en casa sonreían mientras limpiaban y ordenaban; vio cómo la juventud colaboraba con fuerza y alegría, mientras los más antiguos conducían el trabajo con entusiasmo e ilusión.


Mi corazón vio cómo se traslada un Centro Espírita… Estoy agradecida de haberlo visto y de poder explicarlo. Cuando más tarde todo esto cobre el sentido más profundo y completo que sólo la vida una vez vivida le puede dar, me alegraré de haber trabajado este día con toda esta gente que estuvo ahí. 


Que la espiritualidad superior nos siga orientando la caminada y que seamos instrumentos dóciles en la ejecución de los objetivos del Bien, del Amor y de la Paz. 

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