Ciencia & Salud
- Visión Espírita

- 20 mar
- 11 min de lectura
Cuando el cuerpo se vuelve contra nosotros
Dra. Romina Romero

En las últimas décadas, las enfermedades autoinmunes han dejado de ser consideradas patologías raras para convertirse en un fenómeno sanitario de creciente relevancia.
Lupus, artritis reumatoide, esclerosis múltiple, tiroiditis autoinmune y muchas otras afecciones comparten una característica desconcertante: el sistema inmunológico, diseñado para protegernos, comienza a atacar al propio organismo.
Durante buena parte del siglo XX, la medicina se apoyó en un modelo biomédico centrado casi exclusivamente en la alteración orgánica. Este enfoque permitió avances extraordinarios en diagnóstico y tratamiento, pero dejó en segundo plano la experiencia subjetiva del paciente, así como la influencia del plano espiritual.
La Doctrina Espírita nos enseña que la enfermedad no es un castigo arbitrario, sino una expresión de desequilibrios más profundos que pueden originarse tanto en la vida actual como en experiencias anteriores del Espíritu.
Entonces, ¿cómo se puede entender que nosotros “luchemos” contra nosotros mismos?, y ¿por qué el cuerpo pierde la capacidad de reconocerse como propio?
Para entender el concepto de enfermedad autoinmune debemos remontarnos a Hipócrates, quien describió úlceras cutáneas extensivas bajo el término herpes esthiomenos, que se extendían sobre la piel y “comían” el tejido, interpretándose como una posible descripción temprana de lesiones cutáneas graves similares a lupus cutáneo [1]. Restos arqueológicos de huesos en Egipto entre 1750-1550 a. C. ya demostraban enfermedades crónicas de articulaciones, compatibles con artritis [2].
Pero fue recién a principios del siglo XX cuando el inmunólogo Paul Ehrlich describió el término “horror autotoxicus” para describir la idea de que un individuo intentara destruirse a sí mismo, reflejando el rechazo inicial a la posibilidad de que el sistema inmune atacara tejidos propios [3], describiendo la importancia de aquellos mecanismos que normalmente impiden la autodestrucción, los cuales pueden fallar y generar una respuesta autorreactiva.

Fue en 1940 cuando el término autoinmunidad y enfermedad autoinmune comenzó a reconocerse, cuando con enfermedades como la tiroiditis crónica y la descripción de autoanticuerpos como el factor antinuclear y factor reumatoide; se comenzó a entender a la autoagresión como fenómeno autorreactivo en humanos [4].
La primera obra monográfica acerca de la “autoagresión inmunitaria” es de 1960, de Ian R. Mackay y Sir Frank Macfarlane Burnet, quienes consolidan la idea de que el sistema inmune podía atacar tejidos propios [5,6].
Como sabemos, el cuerpo físico refleja el estado de nuestro Espíritu, como bien lo describe Chico Xavier en Entre la Tierra y el Cielo [7]: "El cuerpo es el espejo del alma. Si el alma está enferma, el cuerpo también lo estará".
Por lo cual, pensamientos, emociones y conflictos morales prolongados actuarían como factores desorganizadores que, con el tiempo, se manifiestan en el plano físico.
Las enfermedades crónicas, y en particular las autoinmunes, podemos entenderlas como procesos complejos de reajuste y aprendizaje espiritual, permitiéndonos resignificar la enfermedad y responsabilizarnos de ese proceso, incluso comprendiendo que esas enfermedades también son un puente para el progreso del Espíritu. Además, como describe André Luiz en Misioneros de la Luz, “muchas dolencias del cuerpo tienen sus raíces en el periespíritu, saturado de residuos mentales de existencias anteriores" [8].
Pero ¿existen causas de la mente, de la conciencia implicadas tanto en el desarrollo de este tipo de enfermedades como en su mantenimiento e incluso en su mejoría?
En primer lugar, debemos aclarar que estas enfermedades tienen un origen multicausal, por lo cual el abordaje debería considerarse de la misma manera, es decir desde un aspecto biológico, psicológico y espiritual.

Existen causas genéticas implicadas en el desarrollo de estas enfermedades, donde la susceptibilidad genética a través del complejo HLA, así como genes reguladores del sistema inmunitario como PTPN22 y STS4, están implicados en el origen del Lupus eritematoso sistémico (LES), artritis reumatoidea, esclerosis sistémica y síndrome de Sjögren [9]. En el caso particular del LES, la susceptibilidad genética (especialmente HLA) y la presencia de autoanticuerpos son rasgos definitorios con una activación anómala de la inmunidad innata en la respuesta adaptativa, con un papel central del interferón tipo I (especialmente IFN-α). Diferentes factores ambientales y epigenéticos podrían, asociados a desencadenantes ambientales y alteraciones de regulación de interferones y linfocitos B/T, interactúan con una predisposición genética para desencadenar la enfermedad [10].
Pero también hay algo que el Espiritismo nos enseña en cada uno de sus libros y lo refleja muy bien Manoel P. de Miranda en Senderos de liberación [11], y nos dice: “El estrés y los traumas prolongados desgastan los controles retentivos del bienestar y desatan las emociones que generan la desorganización celular”.
Numerosos artículos científicos describen el efecto del estrés crónico tanto como desencadenante, así como en la persistencia de enfermedades autoinmunes.
La alteración del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y su impacto en la inflamación sistémica es fundamental, ya que el estrés agudo o de corta duración (minutos a horas) puede tener efectos beneficiosos, ya que potencia la capacidad del organismo para afrontar desafíos inmediatos produciéndose una potenciación de las respuestas inmunes innata y adaptativa, lo cual puede mejorar procesos como la cicatrización, la respuesta a vacunas, la defensa frente a infecciones e incluso la vigilancia antitumoral.
En el lado opuesto encontramos el estrés crónico o prolongado, el cual se asocia con supresión o desregulación de la respuesta inmune, alteraciones en el equilibrio entre citoquinas tipo 1 y tipo 2, inflamación crónica de bajo grado y disminución en número y función de células inmunoprotectoras.
Además, puede aumentar la susceptibilidad a ciertos tipos de cáncer al reducir la actividad de citoquinas tipo 1 y linfocitos T protectores, al tiempo que incrementa la función de células T reguladoras o supresoras [12].
Esto fue bien descrito por Segerstrom et al., quien describe en el LES que episodios de estrés estarían asociados con supresión de la inmunidad celular y el incremento de marcadores inflamatorios [13]. Además, uno de los estudios poblacionales más citados vinculan trastornos por estrés (como TEPT) con mayor incidencia a posterior de enfermedades autoinmunes [14].
Esto también fue descrito en pacientes con artritis reumatoidea [15], donde se relacionó el estrés cotidiano y la exacerbación sintomática con el impacto en la interacción psiconeuroinmunológica en la inflamación crónica [16].
¿El Espiritismo describe de alguna manera este tipo de enfermedades, donde el “problema” está en nosotros mismos? Sí, en el libro Estudio y Vida de André Luiz y Emmanuel [17], nos hablan de “enfermedades fantasmas”:
“Con frecuencia nos enfrentamos a problemas angustiosos cuya solución está dentro de nosotros mismos...
A él le atribuimos largas filas de hermanos nuestros que no sólo llevan la infelicidad a
los hogares donde están llamados a mantener el equilibrio, sino que también pululan
en los consultorios médicos y centros de salud, ocupando el lugar de personas
realmente necesitadas.
Nos referimos a aquellos individuos menos vigilantes, siempre inclinados a exagerar
cualquier síntoma o impresión, que se convierten en pacientes imaginarios, víctimas
de sí mismos en el reino de las enfermedades fantasmas.
Experimentan a veces intoxicaciones leves, fácilmente superables, y, dramatizando
pequeños desequilibrios orgánicos, se sobrecargan con drogas, respetables cuando
son necesarias, pero que actúan como descargas eléctricas inoportunas cuando
se aplican incorrectamente.
Una vez alcanzado este punto, tales devotos de la fantasía y del miedo destructivo caen
físicamente en procesos de desgaste, cuyas consecuencias nadie puede prever, o
entran imperceptiblemente en las sutiles calamidades de la obsesión oculta,
mediante las cuales los seres desencarnados menos afortunados agotan sus
fuerzas.
Después de esto, una vez establecida la alteración del cuerpo o de la mente, es
natural que el desequilibrio real aparezca y se consolide, llegando incluso a
provocar la muerte prematura, agravando la responsabilidad de quien se volvió tibio
ante la vida, sin coraje para trabajar, sufrir y luchar.
Cuidémonos de este peligro completamente innecesario.
Si surge el dolor, examinemos nuestra conducta, comprobando si hemos dado lugar
a la advertencia beneficiosa de la Naturaleza.
Antes de lanzar cualquier grito de auxilio, aprendamos a ayudarnos a nosotros mismos mediante un autoanálisis cuidadoso y consciente...
Nosotros que nos esforzamos en el trabajo de desobsesión, en la Doctrina Espírita, dediquemos nuestra atención a este tema, combatiendo las enfermedades fantasmas que son capaces de transformarnos en focos de sufrimientos injustificables a los que nos conducimos a través de lamentables factores de auto-obsesión”.
En estas palabras podemos ver que la enfermedad no puede comprenderse únicamente como un fenómeno biológico, sino también como el resultado de la interacción entre el cuerpo físico y la realidad espiritual que nos envuelve. Aunque la medicina tradicional no contempla el “Mundo Espiritual” como un factor que influya directamente —ya sea favoreciendo o agravando un proceso patológico—, en el ámbito científico contemporáneo ha surgido una disciplina que, sin utilizar el lenguaje espiritual, reconoce la importancia de los aspectos internos y subjetivos en la salud: la Psiconeuroinmunología.
Esta área de estudio demuestra que nuestras emociones, el estrés prolongado y los conflictos internos pueden desencadenar, mantener e incluso modular enfermedades autoinmunes. Así, lo que la Doctrina Espírita ha señalado desde hace más de un siglo —la profunda conexión entre lo invisible y lo orgánico— encuentra hoy un eco parcial en investigaciones que confirman que mente, sistema nervioso e inmunidad están íntimamente entrelazados.
Pero ¿qué es la Psiconeuroinmunología (PNI)?

El nombre de la disciplina fue acuñado en 1975 por Ader y Cohen, quienes demostraron que la respuesta inmune puede ser condicionada, permitiendo describir la interacción entre los sistemas nervioso, endocrino e inmunológico.
La PNI nos permite entender la implicación de la psique en las enfermedades autoinmunes a través del marco teórico y experimental de esta disciplina, que estudia las interacciones bidireccionales entre el sistema nervioso central, el sistema endocrino y el sistema inmunitario.
La PNI demuestra que los estados psicológicos (estrés, ansiedad, depresión, afrontamiento, apoyo social) modulan la función inmunológica a través de:
Activación del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HHA).
Activación del sistema nervioso simpático.
Liberación de glucocorticoides y catecolaminas.
Modulación de citocinas pro y antiinflamatorias.
El estrés puede alterar el equilibrio entre respuestas inmunes tipo Th1/Th2 y afectar la regulación de células T reguladoras, lo que tiene implicaciones directas en la autorreactividad [18].
No obstante, es crucial subrayar que la psique no es causa única, sino un factor modulador dentro de un modelo multifactorial que incluye predisposición genética, factores hormonales y desencadenantes ambientales, la cual puede amplificar o atenuar procesos inflamatorios en individuos vulnerables.
Esta disciplina nos permite incorporar otra línea de intervenciones complementarias a los tratamientos habituales, las cuales permitirían modular la actividad inflamatoria y la calidad de vida:
Terapias de reducción de estrés (mindfulness, CBT).
Regulación del sueño.
Intervenciones psicosociales.
Ejercicio físico.
Estrategias de resiliencia psicológica.
Solomon et al. [19] plantea diferentes evidencias con aval fisiológico, desde Pavlov y su condicionamiento clásico hasta Hans Selye, demostrando que el estrés activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HHA) y produce efectos sobre órganos linfoides. Este mismo investigador, en 1964, con sus estudios en artritis reumatoidea, encontró que la misma está influenciada por diferentes aspectos, lo cual es fundamental para consolidar la PNI:
Rasgos de personalidad específicos en pacientes.
Posible función protectora del bienestar psicológico en individuos con predisposición genética a la autoinmunidad.
Asociación entre eventos estresantes y aparición de enfermedad autoinmune.
Estos estudios pudieron ser respaldados posteriormente por estudios de investigación:
Felten y colaboradores: evidenciaron inervación simpática directa de órganos linfoides.
Besedovsky et al. (1977): mostraron que la activación inmune modifica la actividad hipotalámica.
Smith y Blalock (1981): demostraron que los linfocitos producen ACTH y β-endorfinas, evidenciando comunicación bidireccional.
Esto sugiere que las actividades que nos ayudan a manejar nuestras emociones y reducir el estrés pueden influir directamente en el funcionamiento de nuestro sistema inmunológico.
Entonces, ¿podemos encontrar esas herramientas en las prácticas de la Doctrina Espírita? Por supuesto. La meditación, la oración y las prácticas espirituales son hoy fuente de diversos estudios.
En una de las revistas científicas de mayor renombre, Nature [20], se publicó un artículo que estudiaba pacientes con síndrome de Sjögren (SSp) y cómo la espiritualidad se asociaba con cambios en parámetros inmunes y de la actividad de la enfermedad, observándose que las personas con actitudes espirituales o que practicaban la oración o meditación con regularidad mostraron niveles séricos más bajos de autoanticuerpos específicos del SSp y puntuaciones más bajas de actividad de la enfermedad.
También la participación espiritual se relacionó con una disminución de la sequedad cutánea y traqueal percibida, lo que sugiere posibles beneficios para los síntomas físicos y que la espiritualidad podría desempeñar un papel importante en la modulación de la respuesta inmunitaria y la actividad de la enfermedad en pacientes con SSp.
Otro estudio en hepatitis autoinmune (AIH)[21] evaluó el impacto de un programa de reducción de estrés basado en la atención plena (MBSR) en pacientes adultos, centrándose en la calidad de vida, la actividad de la enfermedad y los mediadores citoquínicos. Los resultados mostraron que el 71 % de los pacientes obtuvo una mejora en la puntuación de estrés percibido a las 8 semanas, con una reducción significativa de 21 a 15 (p = 0.02); esta mejora se mantuvo a los 12 meses, sugiriendo un efecto duradero. También se observó una mejora en la autoeficacia, con un aumento significativo en la puntuación de 3.8 a 4.1 (p = 0.03) a las 8 semanas. En cuanto a la actividad de la enfermedad, el 65 % de los pacientes con ALT elevada mostró una reducción en los niveles de ALT (44.5 U/L frente a 71.5 U/L, p = 0.06), reduciéndose las dosis de prednisona en el 75 % de los pacientes que la tomaban, con una disminución significativa de 10 mg a 5.75 mg (p = 0.02).
Todo plantea que el Mindfulness podría ser una intervención viable y bien tolerada que mejora la calidad de vida y puede reducir la actividad de la enfermedad en pacientes con hepatitis autoinmune.
Todo esto nos permite comprender la autoinmunidad no solo como un desafío biológico, sino como un maestro silencioso del Espíritu, que nos invita a responsabilizarnos de nuestra salud emocional y espiritual. Al cultivar la serenidad, la fe y la introspección, y al integrar estas prácticas con los tratamientos médicos convencionales, abrimos la puerta a un enfoque de la enfermedad más holístico, donde la sanación se convierte en un proceso de aprendizaje y elevación del Espíritu.
En definitiva, cuando el cuerpo se vuelve contra nosotros, el verdadero camino hacia la recuperación pasa por armonizar el cuerpo, la mente y el Espíritu, transformando la enfermedad en un puente hacia el crecimiento y la plenitud espiritual.
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