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Conociendo el Espiritismo

  • Foto del escritor: Visión Espírita
    Visión Espírita
  • 20 mar
  • 5 min de lectura

Actualizado: 22 mar

El Libro de los Espíritus: Regreso de la vida corporal a la vida espiritual

Preguntas y respuestas de la 163 a la 165

Flavia Roggerio



Seguimos estudiando las lecciones de Allan Kardec, que, juntamente a espíritus amigos de la Codificación, iluminan nuestras mentes con las preguntas y respuestas formuladas en “El Libro de los Espíritus”. 

En la edición pasada entramos en temas realmente curiosos, independientemente de creencias y religiones. Son cuestiones que seguramente todo ser humano se ha planteado alguna vez. Nos complace poder seguir profundizando en estas cuestiones.

¿Qué ocurre después de la muerte del cuerpo? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?


Recordar que el texto colocado entre comillas a continuación de cada pregunta es la respuesta que dieron los Espíritus. Debido a la complejidad de algunas respuestas, se han diferenciado con otro tipo de letra las notas y explicaciones añadidas por el autor, en los casos en que existía la posibilidad de confundirlas con el texto de las respuestas. Cuando forman capítulos enteros no hay lugar a confusión, de modo que se ha conservado el tipo de letra ordinario.


Capítulo III - Regreso de la vida corporal a la vida espiritual


Turbación espírita

163. El alma, cuando deja el cuerpo, ¿tiene de inmediato conciencia de sí misma?

“Conciencia inmediata no es la expresión adecuada. El alma permanece algún tiempo en estado de turbación.”


164. ¿Experimentan todos los Espíritus en el mismo grado y durante el mismo tiempo la turbación que sigue a la separación del alma y el cuerpo?

“No, eso depende de la elevación de cada uno. El Espíritu que ya está purificado se reconoce a sí mismo casi inmediatamente, porque ya se desprendió de la materia durante la vida del cuerpo, mientras que el hombre carnal, cuya conciencia no es pura, conserva durante mucho más tiempo la impresión de esa materia.”


165. El conocimiento del Espiritismo, ¿ejerce alguna influencia sobre el tiempo que dura la turbación?

“Ejerce una influencia muy grande, puesto que el Espíritu comprende por anticipado esa situación. No obstante, la práctica del bien y la conciencia pura ejercen la mayor influencia.”

En el momento de la muerte todo es confuso al principio. El alma necesita algún tiempo para reconocerse. 

Está aturdida, como en el estado de un hombre que acaba de salir de un profundo sueño e intenta percatarse de su situación. La lucidez de las ideas y el recuerdo del pasado vuelven a ella a medida que se borra la influencia de la materia de la que acaba de desprenderse, y que se disipa la especie de niebla que oscurece sus pensamientos.

El tiempo que dura la turbación que sigue a la muerte es muy variable: puede extenderse desde algunas horas hasta muchos meses, e incluso muchos años. 

Es menos prolongado en quienes, cuando vivían, se identificaron con su estado futuro, porque entonces comprenden inmediatamente su situación.

Esa turbación presenta circunstancias particulares según el carácter de los individuos y, sobre todo, según el tipo de muerte. En los casos de muerte violenta, producida por suicidio, suplicio, accidente, apoplejía, heridas, etcétera, el Espíritu se halla sorprendido, asombrado. No cree estar muerto y lo sostiene con obstinación. Sin embargo, ve su cuerpo, sabe que ese cuerpo es el suyo y no comprende que se separó de él. Se acerca a las personas a quienes aprecia, les habla y no entiende por qué no lo oyen. Esa ilusión se mantiene hasta que el periespíritu se desprende por completo. Sólo entonces el Espíritu se reconoce y comprende que ya no forma parte de los vivos. Este fenómeno se explica fácilmente. Sorprendido de improviso por la muerte, el Espíritu queda aturdido por el brusco cambio que se operó en él. La muerte todavía es para él sinónimo de destrucción, de aniquilamiento. Ahora bien, como piensa, ve y oye, a su entender no está muerto. Lo que aumenta su ilusión es que se ve con un cuerpo semejante al anterior por la forma, pero cuya naturaleza etérea aún no ha tenido tiempo de estudiar. Le parece sólido y compacto como el primero, y cuando se le llama la atención acerca de este punto se asombra de no poder palparse. Este fenómeno es análogo al de los sonámbulos novatos, que no creen estar dormidos. Para ellos el dormir es sinónimo de suspensión de las facultades. Ahora bien, como piensan libremente y pueden ver, suponen que están despiertos. Algunos Espíritus presentan esta particularidad, aunque la muerte no les haya llegado de modo inesperado. No obstante, siempre es más general en los que, aunque estaban enfermos, no pensaban en morirse. Vemos en ese caso el singular espectáculo de un Espíritu que asiste a su funeral como si fuese el de un extraño, y que se refiere a ello como si se tratara de algo que no le incumbe, hasta el momento en que comprende la verdad. La turbación que sigue a la muerte no es penosa en absoluto para el hombre de bien. Es calma y en todo semejante a la que acompaña a un despertar apacible. Para aquel cuya conciencia no es pura, la turbación está colmada de ansiedad y angustias, que aumentan a medida que se reconoce a sí mismo. En los casos de muerte colectiva, se ha observado que los que fallecen al mismo tiempo no siempre se vuelven a ver de inmediato. En la turbación que sigue a la muerte, cada uno va por su lado o sólo se preocupa por los que le interesan. En la muerte natural, la turbación comienza antes de la cesación de la vida orgánica, y el Espíritu pierde por completo la conciencia de sí mismo en el momento de la muerte. De ahí se sigue que el Espíritu jamás es testigo del último suspiro. Incluso las convulsiones de la agonía son efectos nerviosos que casi nunca lo afectan. Decimos casi porque en ciertos casos esos padecimientos han sido impuestos al Espíritu como expiación.


Aunque toda esta situación pueda parecer asustadora, Dios no nos desampara nunca. Si nuestra mirada pudiera llegar más allá, veríamos una legión de espíritus, que en los momentos de desenlace vienen a colaborar en el desligamiento del alma del cuerpo físico. Son amigos espirituales o espíritus afines, familiares o amigos, que tienen permiso para acudir en nuestro auxilio. 


Con vuestro permiso, comparto una de mis experiencias personales.

Cuando tenía 12 años mi padrino se desencarna por motivo de un accidente. 

En el tanatorio, él estuvo presente en su propio funeral.Le vi como se despedía de su cuerpo, agradeciendo la oportunidad. 

Depositó un beso en la frente de su madre y de su esposa. 

Sonrió con ternura, viendo a la gente que había y, acompañado de hermanos de luz, desapareció. Para mí, vivirlo fue una experiencia maravillosa. 

Me llenó de paz saber que estaba bien acompañado. 

Así como indica la pregunta 165, él poseía conocimientos espíritas, que quizás le han ayudado a pasar el período de turbación de manera más consciente aunque hubiera muerto a causa de un accidente.


En el próximo capítulo las preguntas giran en torno a la pluralidad de las existencias. Como y porque existe la reencarnación, y como funciona. ¡Nos vemos ahí! 


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