El Libro de los Médiums
- Visión Espírita

- 20 mar
- 4 min de lectura
Y los Espíritus tomaron el lápiz…
El Libro de los Médiums, capítulo XIII - Psicografía indirecta: cestas y tablillas. – Psicografía directa o manual.
David Santamaría

Allan Kardec nos describe en este capítulo dos diferentes maneras a través de las que los Espíritus nos dirigen mensajes, comentarios, opiniones, relatos, poesías…, por escrito.
Distingue dos tipos generales del fenómeno psicográfico: la psicografía directa o manual y la indirecta, utilizando cestas y tablillas.
En el primer caso, el médium toma el lápiz con su mano y el Espíritu comunicante la impulsa para que escriba lo que quiere compartir.
Evidentemente, en este tipo de mediumnidad, como en todos los demás, el médium, como sujeto intermediario, puede influir -más o menos- en esa transmisión, ya que el pensamiento del Espíritu pasa por su filtro mental. Ya veremos más adelante las diferentes modalidades de la mediumnidad escribiente directa o manual, ya que, en esta oportunidad, Kardec hace más hincapié en la psicografía indirecta, modalidad que antecedió a la manual.
Esta manera indirecta de producir el mensaje presenta unas connotaciones muy interesantes.
“Ya hemos dicho que una persona, dotada de una aptitud especial, puede imprimir un movimiento de rotación a una mesa o a un objeto cualquiera. Tomemos, en vez de una mesa, una pequeña cesta de quince a veinte centímetros de diámetro (de madera o de mimbre, pues el material poco importa). Hagamos pasar un lápiz por el fondo de la cesta, con la punta hacia afuera y hacia abajo, y ajustemos con firmeza. Pongamos los dedos en los bordes de la cesta, y mantengamos el conjunto en equilibrio sobre la punta del lápiz, apoyándolo sobre una hoja de papel. La cesta se pondrá en movimiento, pero en lugar de girar, hará que el lápiz recorra el papel en distintos sentidos, trazando garabatos sin significado o signos de escritura.” (ítem 153). Esta forma de comunicación presentaba la característica de que la cesta iba moviéndose circularmente, escribiendo en espiral y sin separación de palabras. Kardec la denominó cesta-trompo (peonza). Indica el maestro que, por economía de material, podía sustituirse el papel por una pizarra y el lápiz por un pizarrín (“barrita de lápiz o de pizarra no muy dura, generalmente cilíndrica, que se usa para escribir o dibujar en las pizarras de piedra” / RAE).
También se describe la “cesta de pico”, que “consiste en adaptar a la cesta una vara de madera, inclinada, que sobresalga del borde unos diez o quince centímetros (…).
A través de un agujero abierto en el extremo de la vara, o pico, se pasa el lápiz con el largo suficiente para que su punta se apoya en el papel.” (ítem 154).
Este método presentaba la ventaja de que permitía escribir con normalidad y cambiando de renglón cuando se llegaba al borde del papel. También podría sustituirse la cesta por una mesita de tres patas, con un lápiz atado a una de ellas. Así mismo se podía utilizar una tablilla con un agujero oblicuo para introducir el lápiz.
Un aspecto muy destacable es que todos estos dispositivos necesitaban de la cooperación de dos personas
generalmente, una, el/la médium, la otra, que era quién mantenía el equilibrio del artilugio.
¿Qué nos indica ello? Pues que se puede descartar, con bastante margen de confianza, cualquier suposición de fraude, especialmente cuando ambas personas no colaboren habitualmente.
Para conseguir que ese diseño escribiera, lo que de forma preconcebida hubieran preparado el supuesto médium y su acompañante, comportaría tener una gran habilidad y entrenamiento. Ciertamente, eso no es imposible, ni mucho menos; pero constituye una evidente dificultad.
Por eso, las comunicaciones inteligentes, bien estructuradas y con mucho sentido, obtenidas con estos medios rudimentarios reúnen un gran valor probatorio. Y no vayamos a olvidar las que se vehiculaban a través de los golpes de la pata de una mesa, mesa en la que, generalmente, apoyaban sus manos varias personas.
Evidentemente, a pesar de este plus de fiabilidad, son preferibles las manifestaciones de psicografía directa o manual y las comunicaciones parlantes o auditivas, por su facilidad e inmediatez. Y como lo que realmente tiene importancia es el mensaje obtenido, lo qué nos dice y cómo está expresado (y quién se atribuye su autoría), nos reafirma en el convencimiento de que la mejor herramienta para dilucidar la realidad -correcta o incorrecta- de esas comunicaciones es el buen sentido, el sentido común.
En este ámbito da igual el medio de obtención de la comunicación, porque lo relevante no es el tipo de canal sino el contenido obtenido.
No obstante, nos apercibimos de la estrategia del mundo espiritual, que se “entretuvo” en unas formas de transmisión aparentemente rudimentarias; pero, que, sin duda contribuyeron a generar confianza en la índole de las manifestaciones así obtenidas.
Por ejemplo, nunca seríamos capaces de desdeñar las comunicaciones plasmadas durante el exilio de Víctor Hugo en la isla de Jersey, a través de una mesa; y todo ello antes de que se hablara de Espiritismo.
El mundo espiritual aprovecha cualquier circunstancia propicia para demostrar su presencia y capacidad de acción,
para que, la humanidad encarnada, se apercibe de que la fracción desencarnada de esa humanidad está ahí, presente, deseando dar testimonio de su vida desde el plano invisible.
No cabe duda de que todo aquel movimiento inicial estuvo diseñado y tutelado desde el mundo espiritual para que produjera un impacto intelectual y emocional importante.



