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Sócrates y el Autoconocimiento - Parte 1/2

 

Por María Jesús Briega



Sócrates es el protagonista de esta sección dedicada al pensamiento filosófico. El pensador ateniense fue el precursor de grandes axiomas morales que, tras casi 25 siglos, aún perviven entre nosotros. En especial, la celebérrima propuesta socrática, el “conócete a ti mismo”, sentencia que no pasa inadvertida en la Codificación.



Para los filósofos griegos de la antigüedad, la naturaleza del ser humano, el universo que lo rodeaba y la búsqueda y significado de la felicidad, fueron temas centrales en el gran volumen de conocimiento generado durante esa época.


Sócrates (470-400 a. C.), era hijo de padre escultor y madre partera. Estaba convencido de que la verdad se encuentra en el interior de cada hombre. Decía que su oficio se parecía al de su madre:mientras ella ayudaba a las mujeres a que nacieran sus niños, él ayudaba a los hombres para que concibieran verdades.


Nuestro filósofo daba sus enseñanzas conversando con la gente en lugares públicos; ponía en juego la ironía, y fingiendo ignorar, los interrogaba. Estaba convencido de que cualquier persona, bien orientada, podía llegar a conocer la verdad. Por tal motivo hacía preguntas a la gente y dialogaba con ella. Ese diálogo era el método filosófico al que denominaba mayéutica (término que procede del griego maîa que significa nodriza, comadrona). Tal como hemos comentado, al igual que su madre era comadrona del cuerpo, él creía ser “comadrona” del Espíritu). La mayéutica comenzaba por demostrar al interlocutor que no sabía bien aquello que creía saber. En sus conversaciones, en lugar de transmitir una verdad, invitaba y retaba a que indagasen por sí mismos y que, al reflexionar, aprendieran a buscar el camino de la investigación y de la exactitud.


Hizo un esfuerzo por hacer “filosofía de las cosas humanas”: dialogaba sobre la justicia, el amor, la verdad, la belleza, las virtudes o la felicidad, lo que abrió el ámbito filosófico de la antropología y la ética.De todos estos temas quería determinar cuál era su esencia, en qué consistían, cómo se podrían definir, qué había de permanente y universal en los asuntos humanos. Su único compromiso era con la verdad, encontrar la verdad de las cosas. Su preocupación era la formación moral del ciudadano. Su misión fue servir de conciencia a la ciudad de Atenas para descubrir sus vicios e incitarla a la virtud.


Sócrates propuso que el ser humano alcanzara la verdad mediante el autoconocimiento -conócete a ti mismo-, y el desarrollo continuo de su intelecto -sólo sé que nada sé-. La más conocida frase de este filósofo: "Conócete a ti mismo", escrita en el Oráculo de Delfos, resume su pensamiento, el cual podría entenderse así: “al entregarse al conocimiento de uno mismo, podremos entonces conocer la naturaleza o el origen de la virtud y el vicio (nuestras capacidades y limitaciones)”.

 

Sócrates propuso que el ser humano alcanzara la verdad mediante el autoconocimiento

 

Así también, este ejercicio de autoconocimiento es un camino muy apropiado para lograr la fuerza del carácter, el autodominio y la caridad hacia el prójimo. Esa es la única forma de experimentar una existencia realmente auténtica, de lo contrario, el hombre puede ser un extraño para sí mismo y vivir desconectado de sus propios deseos, sin hacer frente a sus miedos y sin escuchar sus emociones. Para conocerse a uno mismo es necesario parar y descansar de las actividades cotidianas, caracterizadas por las prisas y la impaciencia. El silencio y el diálogo interior es el mejor modo de conectar con la verdadera esencia, aquella que puede responder a la pregunta: ¿quién eres?


También Sócrates afirmó: “Sólo sé que no sé nada”, y su afirmación pasó a la historia como una de las mayores verdades jamás descubiertas. Quiere expresar el reconocimiento de la propia ignorancia para así adquirir nuevos conocimientos. Está relacionada con el primer paso de su método, la ironía.

Reconocer que no se sabe es el primer paso hacia el conocimiento.


La ignorancia nos lleva al fracaso, por lo que a través del conocimiento y de la inteligencia alcanzaremos la virtud. Pero esa inteligencia hay que desarrollarla estimulando nuestro deseo por aprender de todas las experiencias. Sólo así lograremos programar nuestra mente con el conocimiento y la razón que nos permita cada vez ser mejores seres humanos. Esa voz interior constituirá la única guía moral del individuo.



Sócrates se enfrenta a la muerte


Ante la noticia de su condena a muerte, evidenciando hasta este último momento que su base fundamental la constituyen sus principios y su moral. Cuando el Jurado de Atenas le condenó a muerte, su mujer corrió afligida hacia la prisión, gritándole:


“Sócrates, los jueces te condenaron a la muerte”. El filósofo respondió tranquilamente: “Ellos también están condenados”. La mujer insistió en su desespero: “Pero es una sentencia injusta”, y él le preguntó: “¿Preferirías que fuese justa?


Crito, uno de sus discípulos, le propone la idea de huir, pero Sócrates le comenta:“Estas paredes no me retienen, donde vaya mi pensamiento allí iré yo. Encarcelados están aquellos que en las calles vagan libres pero viciados, cargan los fardos morales de las bajas pasiones porque donde van, llevan sus problemas. Yo soy libre, mi pensamiento vuela y yo voy con él. Todos nacemos condenados a morir, desde que nacemos ya lo estamos. No moriré. Yo viviré, Crito, dejaré sólo la ropa. Yo vivir”.


 

Sócrates se enfrenta a la muerte, y lo hace con una entereza que sorprende a todos los que están a su alrededor. Él conoce el destino del Espíritu tras el oscuro velo de lo desconocido, de lo temido por la mayoría.

 

El filósofo afirma que es acusado por renunciar a una vida tranquila y por rechazar lo que la mayor parte de los hombres desean por encima de todas las cosas: fortuna, intereses privados, mandos militares, éxitos tribunicios, magistraturas, formar parte de coaliciones políticas; por preferir persuadir a la gente de que se ocupen menos de sus pertenencias, con el objeto de volverlos mejores y tan razonables como fuese posible; por haber pensado menos en las cosas de la ciudad que en la ciudad misma, y por entregarse por entero a la consecución de estos principios.



La muerte no es el destino final


Reflexiona que si la muerte se trata de un tránsito del alma de este mundo a otro, será para él una alegría, porque se encontrará con las demás almas de los muertos, y con los verdaderos jueces que impartirán la verdadera justicia.


Aporta confianza a los jueces que votaron a su favor para que no teman la muerte, sino que sepan que a un hombre de bien no puede sucederle nada malo ni en esta vida ni después de la muerte, pues los dioses nunca se olvidan de sus problemas.


Sócrates se atribuye a sí mismo un daimon propio o genio, al que dejaba que le orientara. Lo llama «voz profética dentro de mí, proveniente de un poder superior», o también «señal de Dios». Ese Espíritu divino en el pensamiento de Sócrates interviene hasta en los asuntos menos importantes, y le sugiere lo que se debe hacer en un momento determinado. Revela a los miembros que le absolvieron, que ese espíritu divino se comporta de una forma muy extraña, al no haberle disuadido en ningún momento, debido a que él se siente convencido de que muriendo se librará de las tribulaciones de la vida. También piensa que no le ha contenido esa señal divina porque, según él, su conducta ha sido correcta en todo momento y va a sucederle algo bueno.


En el momento final, después de beber la cicuta, le preguntaron: “¿dónde quieres que te sepultemos?, ¿en la plaza del mercado, en la necrópolis, en la calle principal, dónde? Él vuelve como de un estado de meditación y dice: “El cuerpo dejadlo fuera, en cualquier lugar. Sócrates ya no estará dentro de él”


La serenidad de Sócrates era producto de un proceso educacional: la Educación para la muerte. Es curioso señalar que en los tiempos en que vivimos nos preocupamos más de la educación de la vida.

Nos olvidamos de que vivimos para morir. La muerte es nuestro fin inevitable a nivel carnal en la existencia presente, pero no debemos olvidar que realmente es el principio, al que llegamos generalmente sin la menor preocupación.


“Lo verdaderamente difícil no es escapar de la muerte, sino escaparse de obrar mal”.











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