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La Génesis según el Espiritismo

Capítulo V: Antiguos y modernos sistemas del mundo

 

Vera Lúcia Dalessio


La primera noción que los hombres se formaron de la Tierra, del movimiento de los astros y de la constitución del universo debió basarse, en su origen, exclusivamente en el testimonio de los sentidos. Puesto que ignoraban las leyes más elementales de la física y de las fuerzas de la naturaleza, y al no disponer más que de una visión limitada como medio de observación, sólo podían juzgar por las apariencias.


Al observar la salida del Sol por la mañana, de un lado del horizonte, y la puesta por la tarde, del lado contrario, concluyeron naturalmente que este giraba alrededor de la Tierra, mientras esta permanecía inmóvil. Si en ese entonces alguien les hubiera dicho que sucede exactamente lo contrario, habrían respondido que eso era imposible, afirmando: “vemos que el Sol cambia de lugar, y no sentimos que la Tierra se mueva”.


La breve extensión de los viajes, que en aquella época raramente superaba los límites de la tribu o del valle en que vivían, no hacía posible que se comprobase la esfericidad de la Tierra. ¿Cómo, además, habrían de suponer que la Tierra fuese una esfera? En ese caso, los hombres sólo podrían mantenerse en los puntos más elevados, y en el supuesto de que estuviese habitada en toda su superficie, ¿Cómo podrían vivir en el hemisferio opuesto, con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba? El hecho les parecía menos viable aún con el movimiento de rotación. Cuando, incluso en estos días, en que se conoce la ley de gravitación, vemos personas relativamente ilustradas que no comprenden ese fenómeno, ¿Cómo hemos de sorprendernos de que los hombres de las primeras edades no lo hayan siquiera sospechado?


Por consiguiente, la Tierra era para ellos una superficie plana y circular, como la piedra de un molino, que se extendía en dirección horizontal hasta donde llegaba la vista. De ahí la expresión que todavía está en uso: ir al fin del mundo. Se ignoraban sus límites, su grosor, su composición interna, su cara inferior, y todo lo que había debajo de ella.


Dado que se mostraba con forma cóncava, el cielo, según la creencia vulgar, era considerado como una verdadera bóveda, cuyos bordes inferiores descansaban sobre la Tierra y determinaban sus confines; una inmensa cúpula cuya capacidad estaba por completo ocupada por aire. Sin ninguna noción del espacio infinito, incapaces incluso de concebirlo, los hombres imaginaban que esa bóveda estaba constituida de una materia sólida; de ahí la denominación de firmamento que se le dio, que ha sobrevivido a la creencia, y que significa: firme, resistente (del latín firmamentum, derivado de firmus, y del griego herma, hermatos, firme, sostén, soporte, punto de apoyo).


Las estrellas, cuya naturaleza no sospechaban, eran simples puntos luminosos, de mayor o menor volumen, fijas en la bóveda como lámparas suspendidas, dispuestas sobre una única superficie y, por consiguiente, todas a la misma distancia de la Tierra, así como las que se ven en el interior de ciertas cúpulas, pintadas de azul, en las que se imita la bóveda celeste. Si bien hoy las ideas son otras, se conserva el uso de las expresiones antiguas. Se dice aún, por comparación: la bóveda estrellada, bajo la cúpula del cielo.


La formación de las nubes por efecto de la evaporación de las aguas de la Tierra tampoco se conocía. Nadie podía imaginar que la lluvia, que cae del cielo, tuviese su origen en la Tierra, dado que nadie la veía ascender. De ahí la creencia en que existían aguas superiores y aguas inferiores, fuentes celestes y fuentes terrestres, depósitos ubicados en regiones altas, pues esa suposición concordaba perfectamente con la idea de una bóveda sólida, capaz de sostenerlos. Las aguas superiores se escapaban por las grietas de la bóveda, caían en forma de lluvia, y conforme las grietas fuesen de mayor o menor amplitud, la lluvia era escasa, torrencial o con características de diluvio.



Evolución del conocimiento


La ignorancia total del conjunto del universo y de las leyes que lo rigen, de la naturaleza, la constitución y el destino de los astros, que por otra parte parecían tan pequeños en comparación con la Tierra, llevó inevitablemente a que esta fuese considerada como el elemento principal, el objetivo único de la Creación, y a los astros como accesorios creados sólo en honor de sus habitantes. Ese prejuicio se perpetuó hasta nuestros días, a pesar de los descubrimientos de la ciencia, que modificaron para el hombre el aspecto del mundo. ¡Cuántas personas creen aún que las estrellas son adornos del cielo, destinados a recrear la vista de los habitantes de la Tierra!


El hombre no tardó en percibir el movimiento aparente de las estrellas, que se trasladan en masa de oriente a occidente, que surgen al anochecer y se ocultan por la mañana, conservando sus respectivas posiciones. Con todo, esta observación no tuvo, durante largo tiempo, otra consecuencia que no fuese la de confirmar la idea de una bóveda sólida, que arrastraba con ella a las estrellas en su movimiento de rotación. Esas ingenuas ideas primitivas han constituido, durante largos períodos seculares, el fondo de las creencias religiosas, y sirvieron de base a todas las cosmogonías antiguas.


Más tarde, por la dirección del movimiento de las estrellas y a causa de su regreso periódico en el mismo orden, se comprendió que la bóveda celeste no podía ser simplemente una semiesfera colocada sobre la Tierra, sino una esfera completa, hueca, en cuyo centro se encontraba la Tierra, siempre chata, o a lo sumo convexa, habitada sólo en la superficie superior. Eso ya era un progreso.

Pero ¿en qué se apoyaba la Tierra? Sería inútil enunciar todas las suposiciones ridículas, generadas por la imaginación, desde aquella de los hindúes, que la consideraban sostenida por cuatro elefantes blancos, apoyados sobre las alas de un inmenso buitre. Los más sabios confesaban que nada sabían al respecto.


No obstante, una opinión ampliamente difundida entre las teogonías paganas ubicaba en los lugares bajos o, dicho de otro modo, en las profundidades de la Tierra, o debajo de esta, la morada de los réprobos, llamada infiernos, es decir, lugares inferiores, y en los lugares altos, más allá de la región de las estrellas, la morada de los bienaventurados. La palabra infierno se ha conservado hasta nuestros días, si bien ha perdido su significado etimológico desde que la geología sacó de las entrañas de la Tierra el lugar de los suplicios eternos, y la astronomía demostró que no hay arriba ni abajo en el infinito.


Bajo el cielo puro de Caldea, de la India y de Egipto, cunas de las más antiguas civilizaciones, el movimiento de los astros se observó con tanta precisión como lo permitía la carencia de instrumentos especiales. Se notó en principio que ciertas estrellas tenían un movimiento propio, independiente de la masa, lo que alejó la suposición de que estaban inmóviles en la bóveda celeste. Se las denominó estrellas errantes o planetas, para distinguirlas de las estrellas fijas. Se calcularon sus movimientos y los retornos periódicos.


En el movimiento diario de la esfera estrellada se notó la inmovilidad de la Estrella Polar, alrededor de la cual las otras describían, en veinticuatro horas, círculos oblicuos paralelos, unos mayores, otros menores, según a qué distancia se encontraban de la estrella central. Ese fue el primer paso hacia el conocimiento de la oblicuidad del eje del mundo. Viajes más extensos permitieron que se observara la diferencia de los aspectos del cielo, según las latitudes y las estaciones. El hecho de que la elevación de la Estrella Polar por encima del horizonte variara según la latitud, abrió camino para la percepción de la redondez de la Tierra. Así, poco a poco, se tuvo una idea más exacta del sistema del mundo. Hacia el año 600 a. C., Tales de Mileto (Asia Menor), descubrió la esfericidad de la Tierra, la oblicuidad de la eclíptica y la causa de los eclipses.


A la comprobación científica


Un siglo después, Pitágoras de Samos descubre el movimiento diurno de la Tierra sobre su propio eje, su movimiento anual alrededor del Sol, e incorpora los planetas y los cometas al sistema solar.


Hiparco de Alejandría (Egipto), 160 a. C., inventa el astrolabio, calcula y predice los eclipses, observa las manchas del Sol, determina el año trópico y la duración de las revoluciones de la Luna. Sin embargo, por más valiosos que fuesen estos descubrimientos para el progreso de la ciencia, debieron transcurrir cerca de dos mil años para que se popularizaran. Como no se disponía por entonces más que de algunos raros manuscritos para que se propagasen, las nuevas ideas permanecían como patrimonio de unos pocos filósofos, que las enseñaban a sus discípulos privilegiados. Las masas, a las que nadie se proponía ilustrar, no extraían ningún provecho de ellas y continuaban nutriéndose de las antiguas creencias.


Hacia el año 140 de la Era Cristiana, Ptolomeo, uno de los hombres más ilustres de la Escuela de Alejandría, mediante la combinación de sus propias ideas con las creencias vulgares y con algunos de los más recientes descubrimientos astronómicos, compuso un sistema que se puede calificar de mixto, que lleva su nombre y que, durante aproximadamente quince siglos, fue el único adoptado por el mundo civilizado.


Según el sistema de Ptolomeo, la Tierra es una esfera ubicada en el centro del universo y compuesta por cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Esa era la primera región, llamada elemental. La segunda región, llamada etérea, comprendía once cielos o esferas concéntricas que giraban alrededor de la Tierra, a saber: el cielo de la Luna, los de Mercurio, de Venus, del Sol, de Marte, de Júpiter, de Saturno, de las estrellas fijas, del primer cristalino, esfera sólida transparente; del segundo cristalino y, finalmente, del primer móvil, que imprimía movimiento a todos los cielos inferiores y los obligaba a dar una vuelta cada veinticuatro horas. Más allá de los once cielos estaba el Empíreo, mansión de los bienaventurados, denominación extraída del griego pyr o pur, que significa fuego, porque se creía que esa región resplandecía de luz, como el fuego.


La creencia en muchos cielos superpuestos prevaleció durante mucho tiempo, aunque su número variase. El séptimo era generalmente considerado como el más elevado, y de ahí la expresión: ser llevado al séptimo cielo.


Independientemente del movimiento común, los astros, según Ptolomeo, tenían movimientos propios, más o menos considerables, de acuerdo con la distancia a que se encontraban del centro. Las estrellas fijas completaban una revolución cada 25.816 años, evaluación esta que nos indica el conocimiento de la precesión de los equinoccios, que efectivamente se cumple en 25.868 años.


A comienzos del siglo XVI, Copérnico, célebre astrónomo nacido en Thorn (Prusia) en el año 1472, y muerto en 1543, retomó las ideas de Pitágoras y concibió un sistema que, confirmado a diario por las nuevas observaciones, tuvo una favorable acogida y no tardó en suplantar al de Ptolomeo. Según el sistema de Copérnico, el Sol está en el centro, y alrededor suyo los planetas describen órbitas circulares, mientras que la Luna es un satélite de la Tierra.

Las estrellas


Un siglo más tarde, en 1609, Galileo, natural de Florencia, inventa el telescopio; en 1610 descubre los cuatro satélites de Júpiter y calcula sus revoluciones; reconoce que los planetas no tienen luz propia como las estrellas, sino que están iluminados por el Sol, y que son esferas semejantes a la Tierra; observa sus fases y determina el tiempo que duran las rotaciones alrededor de sus ejes. De ese modo, mediante pruebas materiales, ofrece una sanción definitiva al sistema de Copérnico. Desde entonces se desplomó el sistema de los cielos superpuesto; se reconoció que los planetas son mundos semejantes a la Tierra y, sin duda, también habitados; que las estrellas son innumerables soles, probables centros de otros tantos sistemas planetarios; se reconoció al Sol como una estrella, como el centro de un torbellino de planetas sujetos a él.


Las estrellas dejaron de estar confinadas en una zona de la esfera celeste, para hallarse irregularmente diseminadas en el espacio ilimitado; las que parecieran tocarse se encuentran a distancias inconmensurables unas de otras; las aparentemente menores son las más alejadas de nosotros, y las mayores son las que están más próximas, pese a que se hallan a cientos de miles de millones de leguas.


Los grupos que recibieron el nombre de constelaciones no son más que conjuntos aparentes, producto de la distancia; sus figuras sólo son efectos de perspectiva, como las que forman las luces minadas en una vasta planicie, o los árboles de un bosque, a los ojos de quien los observa ubicado en un punto fijo. En realidad, esos conjuntos no existen. Si pudiéramos trasladarnos a la zona de alguna de esas constelaciones, a medida que nos aproximáramos, su forma desaparecería y nuevos grupos se formarían ante nuestra vista.


Ahora bien, puesto que esos grupos sólo existen en apariencia, la significación que les atribuye una creencia supersticiosa es ilusoria, y su influencia sólo puede existir en nuestra imaginación.


Para distinguir las constelaciones, se les asignaron nombres como los siguientes: Leo, Tauro, Géminis, Virgo, Libra, Capricornio, Cáncer, Orión, Hércules, Osa Mayor o Carro de David, Osa Menor, Lira, etc., y se las representó con las formas que esos nombres sugieren, fantasiosas en su mayor parte, y que en ningún caso guardan relación alguna con la forma aparente de esos grupos de estrellas. Entonces, sería inútil buscar esas formas en el cielo.


La creencia en la influencia de las constelaciones, sobre todo de las que constituyen los doce signos del zodíaco, provino de la idea vinculada a sus nombres. Si a la constelación denominada león le hubiesen dado el nombre de asno o de oveja, por cierto le habrían atribuido otra influencia.



Hacía al infinito


A partir de Copérnico y Galileo las antiguas cosmogonías desaparecieron definitivamente. La astronomía sólo podía avanzar, nunca retroceder. La Historia nos relata las luchas que debieron mantener esos hombres de genio contra los prejuicios y, sobre todo, contra el espíritu sectario, interesado en conservar los errores a partir de los cuales se habían fundado algunas creencias, supuestamente afirmadas sobre bases inconmovibles. Bastó con la invención de un instrumento de óptica para derrumbar una construcción de muchos miles de años. Sin embargo, nada podría prevalecer contra una verdad reconocida como tal. Gracias a la imprenta, el público, iniciado en las nuevas ideas, comenzó a no dejarse engañar más con fantasías y tomó parte en la lucha. Ya no Antiguos y modernos sistemas del mundo era contra algunos individuos que se debía combatir, sino contra la opinión general, que defendía la causa de la verdad.


¡Cuánto más grande es el universo comparado con las mezquinas proporciones que le asignaban nuestros padres! ¡Qué sublime es la obra de Dios cuando vemos que se desarrolla en concordancia con las eternas leyes de la naturaleza! ¡Además, cuánto tiempo, cuántos esfuerzos del talento, cuántos sacrificios fueron necesarios para abrir los ojos del hombre y arrancarle la venda de la ignorancia!


A partir de entonces, quedó abierto el camino que seguirían numerosos científicos ilustres para completar la obra iniciada. En Alemania, Kepler descubre las célebres leyes que llevan su nombre, por medio de las cuales se reconoce que las órbitas que describen los planetas no son circulares, sino elípticas, en uno de cuyos focos se encuentra el Sol. Newton, en Inglaterra, descubre la ley de la gravitación universal. Laplace, en Francia, crea la mecánica celeste.


Finalmente, la astronomía deja de ser un sistema basado en conjeturas o probabilidades, y pasa a ser una ciencia sustentada en las más rigurosas bases del cálculo y la geometría. Queda de ese modo instalado uno de los hitos fundamentales de la génesis, aproximadamente 3.300 años después de Moisés.

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