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Conociendo el Espiritismo

El Libro de los Espíritus

Preguntas y respuestas de la 100 a la 113

 

Flavia Roggerio



En la edición anterior ya vimos que los espíritus además de existir pertenecen a diferentes órdenes según su grado de progreso. Allan Kardec hace observaciones muy interesantes sobre la división que existe entre ellos aunque la clasificación es ilimitada en número. Veamos las explicaciones que Kardec nos dejó con la finalidad de que pudiésemos entender que estamos en constante evolución, que jamás retrocedemos y que quizás sí podemos estancarnos en algún momento pero la evolución es ley divina de amor.



Escala espírita 


100. Observaciones preliminares. 


La clasificación de los Espíritus se basa en su grado de adelanto, en las cualidades que han adquirido y en las imperfecciones de qué habrán de despojarse aún. Esta clasificación, por lo demás, no tiene nada de absoluto: cada categoría presenta un carácter definido sólo en su conjunto pero de un grado a otro la transición es imperceptible. Podemos, pues, formular un mayor o menor número de clases según el punto de vista desde el cual se considere la cuestión. Los Espíritus interrogados sobre este punto han podido diferir en el número de categorías sin que eso tenga mayor trascendencia. Se ha insistido en esta contradicción aparente sin reflexionar acerca de que los Espíritus no dan importancia alguna a lo que es puramente convencional. Para ellos el pensamiento lo es todo y dejan a nuestro criterio la forma, la elección de los términos, las clasificaciones, en una palabra, los sistemas.


Agreguemos aún esta consideración que nunca debe perderse de vista: entre los Espíritus, del mismo modo que entre los hombres, los hay muy ignorantes y nunca estaremos suficientemente prevenidos contra la tendencia a creer que ellos deben saberlo todo porque son Espíritus. Cada clasificación exige método, análisis y conocimiento profundo del asunto.


Ahora bien, en el mundo de los Espíritus los que tienen conocimientos limitados son – como en la Tierra los ignorantes – incapaces de abarcar un conjunto, de formular un sistema. Creen que todos los Espíritus que son superiores a ellos pertenecen al primer orden pues no pueden apreciar los matices del saber, de la capacidad y la moralidad que los distinguen, como sucede entre nosotros a un hombre rudo en relación con los hombres educados. 


Los Espíritus admiten, por lo general, tres categorías principales o tres grandes divisiones. En la última, la que se ubica en la base de la escala, están los Espíritus imperfectos caracterizados por el predominio de la materia sobre el espíritu y por la propensión al mal. Los de la segunda se caracterizan por el predominio del espíritu sobre la materia y por el deseo del bien, son los Espíritus buenos. La primera, finalmente, comprende a los Espíritus puros que han alcanzado el grado supremo de la perfección. Debemos señalar, sin embargo, que los Espíritus no siempre pertenecen de modo exclusivo a tal o cual clase. Dado que su progreso sólo se cumple gradualmente y a menudo más en un sentido que en otro, pueden reunir los caracteres de varias categorías, lo que es fácil de apreciar a través de su lenguaje y de sus actos.


Tercer orden.- Espíritus imperfectos


101. Caracteres generales.

Predominio de la materia sobre el espíritu. Propensión al mal. Ignorancia, orgullo, egoísmo y todas las pasiones malas que derivan de él. Tienen la intuición de Dios pero no lo comprenden.


No todos son esencialmente malos. En algunos hay más frivolidad, inconsecuencia y malicia que verdadera maldad. Los hay que no hacen ni el bien ni el mal pero sólo por el hecho de no hacer el bien denotan su inferioridad. Otros, por el contrario, se complacen en el mal y están satisfechos cuando encuentran la ocasión de hacerlo. Pueden aliar la inteligencia a la maldad o a la malicia. No obstante, sea cual fuere su desarrollo intelectual, sus ideas son poco elevadas y sus sentimientos más o menos abyectos. Sus conocimientos acerca de las cosas del mundo espírita son limitados y lo poco que saben de él se confunde con las ideas y los prejuicios de la vida corporal. Sólo pueden darnos al respecto nociones falsas e incompletas. Con todo, el observador atento suele encontrar en sus comunicaciones, aunque imperfectas, la confirmación de las grandes verdades que enseñan los Espíritus superiores. Su carácter se revela en el lenguaje que usan. Todo espíritu que en sus comunicaciones deje traslucir un pensamiento malo puede ser incluido en el tercer orden. Por consiguiente todo pensamiento malo que se nos sugiera proviene de un espíritu de ese orden. Ven la felicidad de los buenos y esa visión es para ellos un tormento incesante pues experimentan todas las angustias que la envidia y los celos pueden producir. Conservan el recuerdo y la percepción de los padecimientos de la vida corporal y esa impresión suele ser más penosa que la real. Sufren, pues, efectivamente tanto por los males que soportaron como por los que hicieron soportar a otros. Además, como sufren durante mucho tiempo creen que habrán de sufrir siempre.  Podemos dividirlos en cinco clases principales. 


102. Décima clase. ESPÍRITUS IMPUROS.

Son propensos al mal y lo hacen objeto de sus preocupaciones. Como Espíritus dan consejos pérfidos, inspiran la discordia y la desconfianza y adoptan todas las apariencias para engañar mejor. Se apegan a las personas de carácter bastante débil para ceder a sus sugestiones a fin de empujarlas a la perdición, satisfechos de poder retardar su adelanto al hacerlas sucumbir ante las pruebas que sufren. En las manifestaciones se los reconoce por su lenguaje. La trivialidad y la grosería de las expresiones, tanto en los Espíritus como en los hombres, son siempre un indicio de inferioridad moral si no intelectual. Sus comunicaciones ponen al descubierto la bajeza de sus inclinaciones y si se proponen engañar hablando de una manera sensata, no pueden sostener mucho tiempo su rol e inevitablemente dejan traslucir su origen.


Algunos pueblos los han convertido en divinidades malignas, otros los designan con nombres tales como demonios, genios malos o Espíritus del mal. Cuando están encarnados, los seres vivientes a quienes animan son propensos a todos los vicios que engendran las pasiones viles y degradantes: la sensualidad, la crueldad, la felonía, la hipocresía, la codicia, la avaricia sórdida.


Hacen el mal por el placer de hacerlo la mayoría de las veces sin motivo y por odio al bien escogen casi siempre a sus víctimas entre las personas honradas. Son plagas para la humanidad sea cual fuere la clase social a la que pertenezcan y el barniz de la civilización no los preserva del oprobio ni de la ignominia. 


103. Novena clase. ESPÍRITUS FRÍVOLOS.

Son ignorantes, maliciosos, inconsecuentes y burlones. Se inmiscuyen en todo y a todo responden sin preocuparse por la verdad. Se complacen en causar leves molestias y pequeñas alegrías, generar enredos, inducir maliciosamente a error por medio de engaños y picardías. A esta clase pertenecen los Espíritus vulgarmente designados con los nombres de duendes, trasgos, gnomos y diablillos. Mantienen una relación de dependencia con los Espíritus superiores, que los emplean a menudo del mismo modo que nosotros lo hacemos con nuestros servidores. En sus comunicaciones con los hombres su lenguaje es a veces ingenioso y divertido pero casi siempre falto de profundidad. Captan los defectos y las ridiculeces de los hombres y los expresan con rasgos mordaces y satíricos. Si utilizan nombres falsos con frecuencia lo hacen más por malicia que por maldad. 


104. Octava clase. ESPÍRITUS PSEUDOCIENTÍFICOS.

Sus conocimientos son suficientemente amplios pero creen saber más de lo que saben en realidad. Como han realizado algunos progresos desde diversos puntos de vista, su lenguaje tiene un carácter serio que puede engañar respecto a su capacidad y a sus luces. Sin embargo la mayoría de las veces no es más que un reflejo de los prejuicios y de las ideas sistemáticas de la vida terrenal, una mezcla de algunas verdades con los errores más absurdos entre los cuales se traslucen la presunción, el orgullo, los celos y la terquedad, de los que no han podido despojarse. 


105. Séptima clase. ESPÍRITUS NEUTROS.

No son ni tan buenos como para hacer el bien ni tan malos como para hacer el mal. Se inclinan tanto hacia uno como hacia otro y no se elevan por encima de la condición general de la humanidad sea en lo moral o en la inteligencia. Se apegan a las cosas de este mundo cuyas alegrías groseras echan de menos. 


106. Sexta clase. ESPÍRITUS GOLPEADORES Y PERTURBADORES.

Estos Espíritus no forman, para hablar con propiedad, una clase distinta en atención a sus cualidades personales. Pueden pertenecer a todas las clases del tercer orden. Suelen manifestar su presencia por medio de efectos sensibles y físicos tales como golpes, movimiento y desplazamiento anormal de cuerpos sólidos, agitación del aire, etc. Se muestran apegados a la materia más que otros. Parecen ser los agentes principales de las vicisitudes de los elementos del globo, ya sea que actúen sobre el aire, el agua, el fuego, los cuerpos sólidos o en las entrañas de la Tierra. Se reconoce que estos fenómenos no se deben a una causa fortuita y física cuando tienen un carácter intencional e inteligente. Todos los Espíritus pueden producir dichos fenómenos pero los Espíritus elevados los dejan, en general, entre las atribuciones de los Espíritus subalternos más aptos para las cosas materiales que para las de la inteligencia. Cuando aquellos juzgan que las manifestaciones de ese género son útiles, se sirven de estos Espíritus como auxiliares. 


Segundo orden.- Espíritus buenos

107. Caracteres generales.


Predominio del espíritu sobre la materia. Deseo del bien. Sus cualidades y su poder para hacer el bien se hallan en relación con el grado al que han llegado. Algunos tienen la ciencia, otros la sabiduría y la bondad. Los más adelantados reúnen el saber y las cualidades morales. Como aún no están completamente desmaterializados, conservan más o menos, según su categoría, las huellas de la existencia corporal, ya sea en la forma del lenguaje o en sus hábitos, en los cuales se reconocen incluso algunas de sus manías. De lo contrario serían Espíritus perfectos. Comprenden a Dios y a lo infinito y gozan ya de la felicidad de los buenos. Son felices por el bien que hacen y por el mal que impiden. El amor que los une es para ellos la fuente de una dicha inefable que no es alterada por la envidia ni por los remordimientos, como tampoco por ninguna de las pasiones malas que son el tormento de los Espíritus imperfectos. No obstante, todos tienen aún pruebas que sufrir hasta que hayan alcanzado la perfección absoluta. Como Espíritus sugieren pensamientos buenos, desvían a los hombres del camino del mal, protegen durante la vida a los que se hacen dignos de ello y neutralizan la influencia de los Espíritus imperfectos en aquellos que no se complacen en sufrirla. Cuando están encarnados son buenos y benévolos para con sus semejantes. No los mueve el orgullo, el egoísmo ni la ambición. No experimentan odio, rencor, envidia ni celos y hacen el bien por el bien mismo. A este orden pertenecen los Espíritus designados en las creencias vulgares con los nombres de genios buenos, genios protectores o Espíritus del bien. En épocas de superstición e ignorancia se los consideraba como divinidades benéficas. Podemos dividirlos en cuatro grupos principales. 


108. Quinta clase. ESPÍRITUS BENÉVOLOS. Su cualidad dominante es la bondad. Se complacen en prestar servicio a los hombres y en protegerlos pero su saber es limitado, su progreso es más acabado en el sentido moral que en el intelectual. 


109. Cuarta clase. ESPÍRITUS CIENTÍFICOS.


Lo que los distingue especialmente es la amplitud de sus conocimientos. Se preocupan menos de las cuestiones morales que de las científicas, para las cuales tienen más aptitud. Sin embargo sólo encaran la ciencia desde el punto de vista de la utilidad y no mezclan con ella ninguna de las pasiones propias de los Espíritus imperfectos. 


110.- Tercera clase. ESPÍRITUS SABIOS.

Las cualidades morales del orden más elevado forman su carácter distintivo. Si bien no tienen conocimientos ilimitados, están dotados de una capacidad intelectual que les proporciona un juicio sano acerca de los hombres y las cosas. 


111.- Segunda clase. ESPÍRITUS SUPERIORES.

Reúnen la ciencia, la sabiduría y la bondad. Su lenguaje sólo refleja benevolencia, es constantemente digno, elevado y a menudo sublime. Su superioridad los hace más aptos que a los otros para darnos las nociones más justas acerca de las cosas del mundo incorporal dentro de los límites de lo que se le permite al hombre conocer. Se comunican gustosos con los que buscan la verdad de buena fe y cuyas almas están suficientemente desprendidas de los lazos terrenales para comprenderla. En cambio se alejan de aquellos que sólo están animados por la curiosidad o a quienes la influencia de la materia desvía de la práctica del bien. Cuando por excepción encarnan en la Tierra, lo hacen para cumplir en ella una misión de progreso. En ese caso nos ofrecen el modelo de perfección al cual la humanidad puede aspirar en este mundo. 



Primer orden.- Espíritus puros


112. Caracteres generales.

Influencia nula de la materia. Superioridad intelectual y moral absoluta en comparación con los Espíritus de los otros órdenes. 


113. Primera y única clase.

Han recorrido todos los grados de la escala y se han despojado de todas las impurezas de la materia. Alcanzaron la suma de la perfección de que es capaz la criatura, razón por la cual ya no habrán de sufrir pruebas ni expiaciones. Como no se encuentran sujetos a la reencarnación en cuerpos perecederos, realizan la vida eterna en el seno de Dios. Gozan de una dicha inalterable porque no están sujetos a las necesidades ni a las vicisitudes de la vida material. Con todo, esa dicha no consiste en una ociosidad monótona que transcurre en perpetua contemplación. Son los mensajeros y los ministros de Dios cuyas órdenes se ejecutan para mantener la armonía universal. Dirigen a los Espíritus inferiores a ellos, los ayudan a perfeccionarse y les asignan su misión. Asistir a los hombres en sus padecimientos, incitarlos al bien o a la expiación de las faltas que los alejan de la felicidad suprema, es para ellos una grata ocupación. Se los designa a veces con los nombres de ángeles, arcángeles o serafines.


Leyendo las clases de espíritus que existen, es muy probable que hayas has pensado en personas de tu vida cotidiana que podrían reunir las características comentadas. Eso pasa porque un espíritu desencarnado nada más es que un espíritu que estuvo en la Tierra una y otra vez aprendiendo de sus errores, evolucionando con lo aprendido o simplemente “repitiendo curso” en la jornada reencarnatoria. A todos se nos da la oportunidad de la reencarnación, siempre con el propósito de la evolución moral. Venimos con lo que acumulamos de la última encarnación más lo aprendido en el plano espiritual antes de volver. Venimos a la tierra  y otra vez volvemos al plano espiritual con nuestra mochila llena de nuevos aprendizajes, pero depende de cada uno, individualmente, a través del libre albedrío utilizar lo aprendido para subir en la escala del progreso. 


Seguiremos hablando de este tema en la próxima edición. Mientras la esperamos os invitamos a un ejercicio de reflexión:

¿Dónde estaría yo en la clasificación de los espíritus? 

¿Me gusta lo que veo en mi? 

¿Podría estudiar más estando en la Tierra? 

¿Podría prepararme desde aquí para todo lo que aún tengo que hacer para llegar a estar en un orden de espíritus más elevado? 

¿Qué podría hacer aquí y ahora por los demás que me ayudara a ser mejor moralmente hablando? 

No tenemos que esperar ni un minuto más para ser buenos, para ser compasivos, para ser mejores... Hoy un poquito más que ayer. ¡Cada minuto cuenta para nuestra evolución!

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