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Pilares del Espiritismo

Foto del escritor: Visión Espírita
Visión Espírita
23 sept
4 min de lectura

Cuando el dolor nos ayuda a ver la luz

Bettina Firenze

Hombre triste caminando al almanecer.


Hay momentos en los que sabemos que Dios existe, estudiamos su justicia y enseñamos la esperanza, pero cuando el dolor llega, todo aquello que sabemos parece quedar muy lejos. Quizá también esos momentos formen parte de nuestro aprendizaje espiritual.


Hay días en los que la vida parece perder su sentido.


Sabemos que somos Espíritus inmortales, que la existencia continúa más allá de la materia y que la reencarnación representa una nueva oportunidad de aprendizaje y progreso. Lo estudiamos, lo comprendemos y, muchas veces, incluso lo transmitimos a otras personas.


Pero llega el dolor y, cuando el dolor es profundo, las respuestas que parecían tan claras pueden convertirse en preguntas.


¿Dónde está Dios?


¿Por qué me ocurre esto?


¿Por qué tengo que sufrir?


¿Me ha olvidado?


¿Quién no ha pasado alguna vez por un momento así?


Todos somos humanos y ser humanos significa también experimentar la fragilidad, el desaliento, la tristeza y el cansancio. Hay períodos en los que nuestra mirada se oscurece y la esperanza parece quedar demasiado lejos. En esos momentos podemos incluso sentirnos abandonados por Dios, no porque Dios se haya alejado, sino porque nuestro sufrimiento puede llegar a ser tan intenso que nos impide percibir su presencia.



Cuando el conocimiento se encuentra con el dolor


En el momento de la prueba, saber que todo pasará no siempre resulta suficiente. Quien sufre necesita tiempo, ser escuchado, y sentir que no está solo.


El dolor no desaparece porque conozcamos una explicación espiritual, hasta podemos comprender intelectualmente que la vida tiene un sentido y sin embargo, llorar.

Podemos confiar en la justicia divina y, al mismo tiempo, preguntarnos por qué aquella experiencia tiene que ser tan difícil.


No hay contradicción en ello.


La espiritualidad no nos convierte en seres indiferentes al sufrimiento, al contrario, nos permite atravesarlo con una mirada más amplia y, poco a poco, descubrir en él posibilidades que quizá todavía no somos capaces de ver.


La reencarnación nos ofrece precisamente esa perspectiva.


Nuestra existencia actual no constituye toda nuestra historia. Somos Espíritus en evolución y cada encarnación representa una nueva oportunidad para aprender, reparar, desarrollar virtudes y avanzar hacia una mayor comprensión del amor.


Esto no significa que debamos considerar cada sufrimiento como un castigo por algo que hicimos en otra existencia. No conocemos todas las causas de nuestras experiencias y sería injusto añadir culpa a quien ya está atravesando una dificultad.


La perspectiva espírita nos invita, más bien, a confiar en una justicia divina que no separa la responsabilidad de la misericordia y que ofrece al Espíritu nuevas oportunidades de crecimiento.


Y esa posibilidad cambia nuestra manera de mirar la vida.



La historia de dos piedras


Hay una historia que puede ayudarnos a comprender este proceso.


En una región donde se extraían oro y piedras preciosas, los mineros utilizaban explosivos para abrir la tierra y alcanzar las profundidades donde podían encontrarse los minerales.


Durante una de aquellas explosiones, dos piedras rodaron juntas por el suelo.


Una de ellas miró a la otra y le preguntó:


—¿A ti también te duele?


—Es terrible —respondió la otra—. No aguanto más. ¿Adónde vamos a parar? Estos hombres no nos dejan en paz. Todo duele demasiado.


Las dos estaban heridas. Las dos se sentían víctimas de una situación que no comprendían. Una acercó su mano a la otra.


—Yo también estoy sangrando. Pero quédate conmigo. Nos sostendremos mutuamente.

Después llegó el minero. Las recogió entre muchas otras piedras y comenzó el proceso de limpieza. Las lavó, las examinó y descubrió que aquellas dos tenían un brillo especial. Pero aquello no significaba que el sufrimiento hubiera terminado.


Las piedras fueron seleccionadas para ser talladas. Cuando comenzó el corte, volvieron a encontrarse frente al dolor.


—Otra vez estamos juntas —dijo una.


—Sí —respondió la otra—. Otra vez el sufrimiento.


Y, en medio de aquel proceso, llegaron incluso a pensar que Dios no podía existir. Si existiera, se preguntaban, ¿por qué permitiría tanto dolor?


Pero el trabajo continuó. Después de ser limpiadas y talladas, las piedras pasaron a manos del orfebre. Comenzó entonces un nuevo proceso de transformación: la lapidación.


Una vez más, el dolor. Una vez más, el deseo de abandonar.


—Ya no puedo más —dijo una de ellas—. Creo que todo ha terminado.


La otra permaneció a su lado. No podía evitar su dolor, pero podía acompañarla.


Y quizá eso también sea una forma de amor.



Lo que no podíamos ver


Finalmente, llegó el día en que ambas fueron colocadas en la corona de un rey.


Cuando la corona fue levantada, la luz incidió sobre aquellas piedras que habían pasado por explosiones, golpes, cortes y procesos de transformación.


Su brillo llenó la estancia. Una miró a la otra.


—¿Ves ese brillo?


—Sí. Somos nosotras.


Durante tanto tiempo habían creído que todo aquel sufrimiento no tenía sentido. Habían pensado que Dios las había olvidado.


Ahora podían contemplar aquello que antes no podían ver.


No era el dolor lo que las hacía valiosas. Era la transformación. Y entonces una de ellas dijo:

—Ahora lo comprendo. Dios existe.


Dos diamantes lapidados.









No todo lo que vivimos podemos comprenderlo inmediatamente


La historia de las dos piedras no pretende decirnos que debamos agradecer el sufrimiento ni que todo dolor sea bueno por sí mismo.


Hay dolores que nos hieren profundamente. Hay pérdidas que necesitan ser lloradas. Hay experiencias para las que no encontraremos una explicación inmediata. Pero quizá podamos aprender algo de ellas.


Cuando estamos atravesando una prueba, vemos únicamente una parte de nuestra historia. No sabemos qué consecuencias tendrá aquello que hoy nos parece insoportable. No sabemos qué virtudes estamos desarrollando, qué vínculos estamos fortaleciendo o qué cambios interiores están comenzando a producirse.


Por eso, quizá no necesitemos tener todas las respuestas, necesitamos simplemente conservar una pequeña semilla de confianza, esa que nos da sentido, de que cada cual posee un camino, que ninguna dificultad es capaz de borrar la posibilidad de volver a empezar siempre que necesario y de que Dios está siempre presente.

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