Pilares del Espiritismo
- Visión Espírita

- 20 dic 2025
- 3 Min. de lectura
¿Qué es Dios?
Bettina Firenze

En los primeros tiempos de la humanidad, el ser humano no conocía la existencia de Dios, de una fuerza externa a sí mismo.
Todo era instinto; sin embargo, incluso así, cuando se volvía hacia la naturaleza, buscaba esa fuerza superior.
En su caminar entre las inclemencias, se encontraba con lluvias que inundaban, con ventanadas que lo afectaban, con el fuego y con todos los fenómenos de la naturaleza que superaban sus fuerzas físicas.
A estos fenómenos que no lograba dominar, a esa fuerza superior cuya causa desconocía, el hombre primitivo terminó por atribuirlos a una figura humana.
Su inteligencia comenzó a crecer por curiosidad y necesidad, y empezó a idealizar que podría existir un ser semejante a él, pero con un poder infinitamente mayor.
Recordemos, por ejemplo, un relato conocido en Egipto: la historia de que el río Nilo buscaba una esposa para casarse.
Como no la encontraba, se enfurecía, y esa ira producía las inundaciones.
Entonces se ofrecían sacrificios para que el río se calmara y las aguas retrocedieran.
Ese pensamiento mágico sobre la naturaleza también lo vemos en Abraham, que representaba a Dios con forma humana, pero con una inteligencia y una fuerza espiritual superiores a las del ser humano común.
Pero los sacrificios continuaron; y en lugar de seres humanos, se inmolaban animales.

En suma, la idea de Dios en el hombre primitivo nace de su necesidad de protección, de la fragilidad humana frente a las fuerzas de la naturaleza.
La búsqueda de esa fuerza superior plantó la semilla de la búsqueda de Dios.
Milenios pasaron hasta llegar a la era de Jesús, para quien Dios era el Padre.
Pero aún permanecía la imagen humana como referencia de Dios, porque esa era la única forma que podíamos concebir: alguien semejante a nosotros, pero con atributos muy superiores.
La imagen más elevada del ser humano fue Jesús, que tenía forma humana, y hasta hoy muchos lo representan como una fuerza humana y no como una fuerza de energía, esa energía a la que llamamos AMOR.

Solo a partir de los estudios del Espiritismo de Kardec comenzamos a superar esta idea de un Dios físico.
En El Libro de los Espíritus, cuando Kardec pregunta “¿Qué es Dios?”, dejamos atrás la visión antropomórfica e imaginamos una fuerza.
Encontramos a Dios en nuestro corazón, y Él se expresa como un sentimiento puro de amor.
En todo lo que hacemos por amor, en todo lo que pensamos u oramos desde el amor: ahí está la semilla de Dios, la semilla divina.
Por eso se nos llama hijos de Dios: porque dentro de nosotros el sentimiento de amor es Dios.
Cuando oramos, el sentimiento de compasión y la voluntad de elevarnos hacia el amor divino, es Dios manifestándose con su fuerza amorosa.
Cuando vemos a nuestro prójimo y le deseamos el bien, allí está la fuerza del amor de Dios.
En todo podemos encontrar a Dios: en la vegetación, en los astros, en los amigos, en el trabajo y, especialmente, en la oración.
Al sentir un abrazo, Dios es esa energía que nos envuelve y nos bendice.
Aún hoy no tenemos la capacidad de imaginar verdaderamente lo que es Dios.
Pero sí tenemos elementos para saber que Dios está en nosotros, porque, así como padres e hijos comparten rasgos físicos, nosotros llevamos, a través del amor, la esencia principal de Dios: el amor.
El pensamiento amoroso está presente en todos los aspectos de nuestra vida, y por eso Dios está en todas partes.
Pero debemos reflexionar: todavía hoy, tras tantos siglos de evolución religiosa, ¿en qué Dios creemos? ¿En aquel Dios que nos facilita las tareas sin esfuerzo?
Sin embargo, ese Dios que habita en nosotros nos pide trabajo y dedicación, porque las dificultades nacen de nuestras limitaciones, de nuestra comodidad y de nuestra manera de pensar.
El amor interesado que aún sentimos no es el verdadero amor; es apenas un filamento de amor, que crece en nosotros desde la conveniencia, todavía no es el amor que representa a Dios.
Dios es el amor unificado entre nosotros, fortaleciéndonos mutuamente; es la unión, el bien querer que surge de la comprensión compartida, del trabajo común, donde cada uno se manifiesta dentro de esa unión divina, en comunión.
El pensamiento amoroso está presente en todos los aspectos de nuestra vida, y por eso Dios está en todas partes. 💗

