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Ciencia & Salud

Pérdida de seres queridos

 

Dr. José Luis Saez


Cada vez que sufrimos la pérdida de un ser querido se dispara en nuestra mente un proceso de duelo, que incluye etapas de shock, negación, ira, negociación, aceptación y aprendizaje.


Este proceso está caracterizado por distintas emocionalidades que nos permiten procesar esa pérdida de acuerdo a la estructura psicológica de cada persona y dura en el tiempo lo que cada uno necesita para elaborar y superar esa situación.


Cada persona es un observador distinto y tiene un modelo mental condicionado por sus creencias o juicios mayores. Ese modelo mental es lo que nos habilita las variantes con que atravesar la pérdida, pudiendo recorrer victimismo, depresión, entrega, paz interior u otras.


La pérdida puede confluir en un gran aprendizaje, que permita ampliar nuestra conciencia hacia valores espirituales. El paradigma materialista ofrece una perspectiva tantas veces abrumadora: pensar que todo terminó y que los lazos afectivos que nos unían al ser querido se pierden irremediablemente generan vacío y hasta falta de sentido en nuestra vida.


El conocimiento y práctica de una vida espiritual con cultivo de la oración y la meditación nos facilitan el desarrollo de antídotos para combatir el vacío que se genera con la muerte física. La muerte está presente todos los días en nuestra vida y cada vez que ocurre proyectamos nuestra propia desencarnación, para focalizar nuestra atención en la vida espiritual.


El abordaje científico que realizó la Dra. Elizabeth Kübler-Ross (médica psiquiatra de origen suizo) acerca de las experiencias cercanas a la muerte (ECM) evidencia la importancia del espíritu en la instancia de la desencarnación. Ella creó la tanatología (estudio de la muerte) y dedicó gran parte de sus 40 años de profesión a la investigación sobre la vida después de la muerte. Su propuesta recibió muchas críticas y fue ampliamente resistida por el mundo científico, para terminar siendo aceptada y avalada con casi 30 títulos doctor honoris causa.


Elizabeth Kübler-Ross acompañó a más de 25.000 moribundos de distintas culturas en procesos de final de vida terrenal, rescatando elementos muy valiosos para reconsiderar estos espacios y constatando que se repetían muchos fenómenos en aquellos que testimoniaban sus ECM.


Algunos reportes que mencionan las personas que tuvieron ECM eran:

  • Flotar sobre su cuerpo físico, observando todo el acontecimiento y percibiendo que poseen otro cuerpo.

  • Presenciar su cuerpo inerte en la cama o quirófano, y escuchar y ver cómo se los declara fallecidos.

  • Experimentar sensación de paz interior, sin dolores ni molestias, sintiéndose distantes de su cuerpo físico.

  • Encontrarse con padres, familiares o amigos anteriormente fallecidos, experimentando inmensa alegría por quienes vienen a su encuentro.

  • Escuchar músicas celestiales, que les trasmiten paz. Oír conversaciones realizadas durante esa experiencia, aun estando en coma neurológico.

  • Sentirse libres de limitaciones físicas, aunque las tuvieran en sus cuerpos físicos.

  • Estar acompañados por sus Guías o Maestros espirituales, que según las creencias religiosas de cada uno pueden ser Jesús, Buda, un ángel, una virgen, etc.

  • Ser espectador de una revisión global, pero integral, de lo vivido… asistiendo a la película de su existencia como espectador.

  • Verse delante de un obstáculo, como un muro o una puerta, que los retorna bruscamente a la conciencia de que su hora no ha llegado todavía y que deben volver, a pesar de encontrarse con una paz y tranquilidad indescriptibles. Sus acompañantes les recuerdan que tienen asuntos pendientes por resolver en la vida terrenal y que deben regresar, para cumplir con su tarea. La vuelta es habitualmente desagradable.

La gran mayoría de las personas con ECM cambian sus estilos de vida, al regresar… transformándose en más altruistas y benévolas, perdiendo el miedo a morir físicamente.

La Dra. Kübler-Ross, de acuerdo a sus estudios e investigaciones, dividió la experiencia de muerte en tres etapas:


1°. Nivel físico: Está ligada a la consciencia normal de la persona y a su cuerpo.


2°. Nivel psíquico: La persona está completamente alerta, y atenta a todo lo que está sucediendo a su alrededor, como un observador.


3° Nivel espiritual: La persona atraviesa “algo” que le representa una transición hacia este tercer nivel (una montaña, un lago, un túnel o cualquier otro) y ve una luz, perdiendo el miedo a la muerte, sintiendo amor y liberación.


Ya en 1857 Allan Kardec presentó en Francia una propuesta para estudiar la naturaleza, origen y destino de los espíritus y su relación con el mundo corporal: El Libro de los Espíritus. Esta obra filosófica y las posteriores ofrecen las bases para estudiar los fenómenos que nos acercan al conocimiento de la vida espiritual, incorporando herramientas racionales para alimentar la fe y volverla dinámica, ágil y evolutiva.


Según nos explicaba Kardec, en su obra “El espiritismo en su más simple expresión”:


«En el hombre hay tres partes esenciales:


1º. El alma o Espíritu, principio inteligente en el que residen el pensamiento, la voluntad y el sentido moral (1).


2º. El cuerpo, envoltura material, pesada y densa, que pone al Espíritu en relación con el mundo exterior.


3º. El periespíritu, envoltura fluídica, ligera, que sirve de lazo y de intermediario entre el Espíritu y el cuerpo.


Cuando la envoltura exterior está gastada y ya no puede funcionar, deja de vivir. Entonces el Espíritu se despoja de ella, como el fruto de su cáscara y el árbol de su corteza; en una palabra, de la misma manera que descartamos un traje viejo que no nos sirve más. Esto es lo que se denomina muerte.


Así pues, la muerte no es otra cosa que la destrucción de la envoltura densa del Espíritu: sólo el cuerpo muere, el Espíritu es inmortal.


Durante la vida, el Espíritu se encuentra, por decirlo así, oprimido por los lazos de la materia a la cual está unido, que a menudo paraliza sus facultades. La muerte del cuerpo libera al Espíritu de esos lazos. Este se desprende de aquel y recobra su libertad, así como la mariposa sale de su crisálida.»


(1) Sens moral: conciencia de la existencia de Dios y de una realidad espiritual, así como de la idea del bien y de la necesidad de llevarlo a la práctica.

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