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Cómo lidiar con personas difíciles

 

Jordi Santandreu



Los humanos somos seres maravillosamente imperfectos, entrañables y bellos por naturaleza. Todos, sin excepción, somos merecedores de compasión y amor sin límites, independientemente de nuestros errores o fracasos, defectos o fragilidades. 

Todos somos dignos de amar y ser amados, y así iremos avanzando en nuestro viaje rumbo a la felicidad suprema, que alcanzaremos al despojarnos de todas las sombras propias de nuestro analfabetismo moral. 


Al mismo tiempo, hoy os invito a considerar la necesidad de aprender a lidiar con aquellas personas que nos pueden hacer daño de alguna manera como, por ejemplo, las que son excesivamente negativas, pesimistas y quejumbrosas, para quienes todo está mal siempre y de cuya boca solo oímos lamentaciones y críticas amargas. 


Son aquellas que, cuando les hablamos de proyectos que nos ilusionan y de ideas acerca de lo que nos gustaría hacer, insisten en las terribles dificultades y los obstáculos insuperables que habremos de enfrentar, nos desalientan y prevén desgracias y catástrofes sin fin, casi como el agotador viaje de Frodo y Sam al Monte del Destino en Mordor, con el fin de destruir al anillo único.  

“Oh, esto es imposible”

“No creo que lo consigas”

“Me parece a mí que algo saldrá mal”

“Yo de ti ni lo intentaría”

“Ojo, que no pinta bien, ves con cuidado”

“¿Por qué no lo dejas para más adelante?”


Cuando nos hablan acerca de su vida, destacan las protestas generalizadas y las críticas o los desprecios hacia compañeros, el marido, los hijos, el gobierno, los impuestos, el salario, el sistema sanitario, el Barça, el tiempo, el tráfico, los jefes, el frío, el calor, el viento, la lluvia, etc. ¡Nada ni nadie se salva!


Los humanos somos seres maravillosamente imperfectos, entrañables y bellos por naturaleza.

¿Conocéis a alguien así? Todos lo somos en mayor o menor medida, ¿verdad? ¿Cómo debemos comportarnos ante tal desafío? ¿Cómo poner en práctica las exhortaciones del Maestro de Galilea? 


El Evangelio y la Psicología nos ofrecen algunas claves interesantes que nos pueden ayudar en este sentido y reflexionaremos en torno a ello, comenzando por un ejemplo muy cercano.


Mi querido padre a veces caía en estas dinámicas negativas, especialmente con algunos temas que os comentaré en seguida. Él se crió en una pequeña aldea del norte de Lleida, llamada Escarlà, en un entorno muy humilde y sano, a la vez que duro y agreste. Desde pequeño trabajaba en las tareas del campo y de la ganadería, llevando al rebaño de ovejas a pastar por las montañas del entorno. Escarlà era una diminuta comunidad formada por una decena de casas de piedra situada en el noroeste de Cataluña, muy cerca del pueblo de Arén, que ya pertenece a la provincia de Huesca. Hace décadas que está abandonado y en ruinas, ahogado por densos matorrales silvestres y por el paso despiadado del tiempo.


Pascual Madoz dedica un artículo a Escarlà en su Diccionario geográfico de 1845, y dice más o menos así:

“Lo podemos vislumbrar en lo alto de una colina al oeste del río Noguera Ribagorzana, donde combaten todos los vientos. El clima es frío, pero saludable, y no hay más enfermedades que las biliosas, producto de la mala alimentación. Se compone de diez casas ubicadas en una sola calle, empinada y empedrada”. 


Cita como próxima la ermita de la Mare de Déu de la Mir, protectora de los enfermos que sufren dolor de cabeza, de los cojos, de los tullidos y de los sordos. También intercede cuando hay alguna pestilencia, y evita las tempestades y las granizadas que pueden dañar los cereales plantados, el viñedo y los olivos.


“El terreno es áspero -continua Madoz-, roto, pedregoso y estéril, y sólo se cultivan unos ochenta jornales (media hectárea aproximadamente). No hay bosques, sólo algunos robles diseminados, así como algunos manzanos. Los vecinos se sirven de los matorrales para recoger leña. Se produce trigo, patatas y vino, el producto más abundante, aunque de calidad inferior. Se crían ovejas y cabras, los bueyes y los asnos necesarios para las labores del campo. Cazan perdices y conejos, y pescan truchas y barbos. La población es de treinta y seis almas”.

Mi padre salía de casa antes del amanecer acompañado de su perra y de una bolsa de tela con la comida del día: alguna manzana, un puñado de almendras, un pedazo de queso, pan duro y la bota de vino. Solía llevarse algunos libros para estudiar sentado a la sombra de los majestuosos robles que encontraba a su paso. Los días eran plácidos y agradables excepto cuando llegaba el crudo invierno, que obligaba a todo el mundo a recluirse en sus casas buena parte del tiempo, amparados por la lumbre que ardía las veinticuatro horas del día. 


¡Pensad que hasta los años cincuenta del siglo pasado no llegó la electricidad! La instaló la compañía eléctrica Enher, para la que él mismo trabajó, construyendo la gran presa hidroeléctrica de la central de Escales. 


A parte del fuego, la casa de mi padre tenía muy pocas comodidades, ¡por no decir ninguna! Ni siquiera tenían retrete: las necesidades se hacían en el campo, al aire libre; y mucho menos agua corriente, que tenían que ir a buscar en burro o andando a alguna de las fuentes que se encontraban a no menos de quince minutos de distancia. 


De pequeño venía una profesora a dar clase a todos los niños del pueblo, juntos, independientemente de la edad. Se instalaba durante el curso en una habitación que le alquilaba algún vecino e impartía sus lecciones de acuerdo con las normas de la dictadura franquista, rígida y severa. Mi padre recordaba con mucho cariño esos encuentros, que tenían lugar solamente después de hacer todo el trabajo que le correspondía, ya al atardecer, a la luz de las lámparas de aceite.


A Arén se iba en burro a hacer las compras, al médico o a socializar en la fiesta mayor, que era todo un acontecimiento lleno de vida y de alegría para aquella maravillosa gente. Era especialmente importante la fiesta mayor de Pont de Montañana, un pueblo un poco más grande - de cerca de cien habitantes en la actualidad - en el lado aragonés del río. Cualquier desplazamiento, sin embargo, exigía varias horas de camino en vías polvorientas y pedregosas, fuera andando, en burro o en bicicleta, ¡no había mucho más! El párroco de Arén venía una vez al mes a oficiar misa en la pequeña Iglesia de estilo románico que, hoy en día, es el edificio que resta en mejores condiciones. El cartero y otros servicios esenciales solían hacer el mismo recorrido, de manera regular, a veces andando, a veces a caballo.


Qué diferencia con lo que tenemos hoy en día a nuestra disposición, ¿verdad? Nosotros nos quejamos porque tarda en cargarse la página web, porque la comida que nos traen de Just Eat nos ha llegado fría, porque el Uber se retrasa, porque llueve y tenemos que coger un paraguas, porque el aire acondicionado no enfría lo suficiente… 


Meditemos en ello por un instante: ¡cómo han cambiado las cosas en tan solo unas pocas décadas!


Bastante bien le fueron las cosas a mi padre teniendo en cuenta las condiciones en las que tuvo que criarse. En resumen: hacia los años sesenta emigró a Barcelona con su esposa, creó una pequeña empresa de construcción, compraron un apartamento en el barrio de Horta y subieron a cinco hijos que pudieron estudiar hasta en las mejores escuelas y universidades. Se escribe rápido, pero es toda una vida de mucho trabajo y sacrificio para ambos.


Nosotros nos quejamos porque tarda en cargarse la página web, porque la comida que nos traen de Just Eat nos ha llegado fría, porque el Uber se retrasa, porque llueve y tenemos que coger un paraguas, porque el aire acondicionado no enfría lo suficiente…

Es natural, podemos deducir, que su carácter estuviera endurecido y que sus modales fueran toscos, brutos, a veces agresivos. Necesitó ser así para sobrevivir en aquellas condiciones. Y cuando yo le hablaba de viajes, de proyectos y aventuras, algo tan alejado de su realidad, es normal que respondiera con desconfianza, miedo y rechazo. 


- Papa, ¡me voy a Portugal a estudiar! ¡He sido aceptado en un programa de intercambio y pasaré unos meses en Coimbra, acabando la carrera! 

- ¿Portugal? ¿Què vols dir? ¡No has de hacer nada en Portugal! ¡Lo que tienes que hacer es irte a Inglaterra, allí sí que vale la pena ir a estudiar!

- Pero papa, a mí me gusta Portugal, el idioma es fácil de aprender, me han dicho que se come muy bien y está muy cerca, ¡no llega a dos horas de vuelo!

- Es un país subdesarrollado, pobre, ¡no conseguirás nada! ¡Te equivocas!

- Es verdad que es un país menos rico que España, pero fíjate, eso es una ventaja, puesto que con lo que gastamos aquí, allí podremos hacer muchas más cosas. ¡El alquiler de la habitación donde me alojo es muy económico! ¡Y en las cantinas universitarias el menú está regalado!


Yo intentaba emplear una aproximación cordial y amorosa, explicando detalles y dando argumentos a favor de la idea que le presentaba. Quería persuadirle, pacientemente, de que no era tan mala opción. Pero no había manera, a tozudez nadie le ganaba.

- No val la pena, no perdis el temps! 

¡Muchas veces me sacaba de mis casillas y me enfadaba a rabiar! Le decía profundamente disgustado:

- ¡Deberías ser más comprensivo conmigo!

- ¡Tendrías que comprender que Portugal es un país maravilloso!

- ¡No soporto cuando dices esas cosas! ¡Es horrible!


Perdía los nervios porque no había comprendido todavía muchas cosas, entre ellas, el poder de la indulgencia. Pero poco a poco, con el tiempo y el estudio profundo del ser humano a través del Evangelio y de la Psicología, conseguí mejorar y pacificar mi espíritu y la relación con mi padre. Y empecé a utilizar otras estrategias muchísimo más eficaces, entre ellas la de cederle la razón, renunciando estoicamente a convencerle de mi punto de vista, amparándome en la caridad que nos enseña Jesús:

- Es verdad papá. ¿Sabes qué? Tal vez no sea tan buena idea. Bueno, ¡qué se le va a hacer! Entiendo que pienses de esa manera. No pasa nada.


Y trataba de finiquitar la conversación, cambiando de tema y apaciguando la atmósfera. ¡No necesito para nada tener razón o ganar este debate! Quién sabe si más adelante le cojo de mejor humor y podemos hablar de nuevo del asunto, pensaba entonces.


Naturalmente, al cerrarse en banda tan radicalmente y menospreciar una decisión tan personal, nuestras conversaciones tuvieron un tema menos en que basarse. La suerte es que no pasaba nada ¡porque con mi padre siempre había un montón de temas de los que hablar! Pero con otras personas, sí que puede significar un distanciamiento físico y/o emocional, lo que es una pena, pero al mismo tiempo conveniente si no queremos salir perjudicados anímicamente e intoxicarnos con dudas dolorosas, traumas y resistencias.


El Evangelio, además, nos enseña que debemos honrar a nuestros progenitores y tratarlos con la mayor atención posible, incluso concediéndoles comodidades y beneficios extraordinarios, al margen de cómo nos hayan tratado o nos traten. Esto conlleva la necesidad de cumplir para con ellos, en forma aún más rigurosa, todo lo que la caridad nos ordena en relación con el prójimo en general:


“Honrar al padre y a la madre no significa solamente respetarlos, sino también ampararlos en la necesidad, proporcionarles reposo en la vejez, y rodearlos de cuidados, al igual que ellos lo hicieron con nosotros durante nuestra infancia”.


En El Libro de los Médiums, Kardec nos trae una enseñanza valiosísima que podemos trasladar para otras muchas situaciones al margen de la mediumnidad, como en esta ocasión. Dice en la cuestión tercera del ítem 301, del capítulo XXVII:


“Si alguien tiene una convicción muy arraigada de una doctrina falsa, debemos apartarlo de esa convicción, pero en forma gradual. Por eso utilizaremos a menudo sus propios términos y aparentemente concordar con sus ideas, a fin de que no se sienta repentinamente confundido”.


Teniendo en cuenta que la mayor parte de los conflictos interpersonales se deben a minucias, os aseguro que ser indulgente con estas actitudes del prójimo es un verdadero acto de caridad. Ceder la razón nos ayuda a no desgastarnos inútilmente en intentar dialogar con alguien que no está dispuesto a hacerlo. De lo contrario, sería como darse cabezazos contra una pared de piedra dura: tan solo lograríamos hacernos un buen chichón. En muchos casos bastará con validar diplomáticamente lo que el otro nos propone, sin más argumentos por nuestra parte, finalizar esa conversación y no dedicar más tiempo al asunto. 


Es una muestra de compasión y no significa ser falsos e hipócritas como alguien podría pensar, si la actitud desde donde lo hacemos es la adecuada: no nos queremos burlar del otro, ni menospreciarlo; tan solo queremos convivir en la mayor paz posible, generar un ecosistema que, aunque no sea ideal, como mínimo no sea desagradable.

 

Ceder la razón nos ayuda a no desgastarnos inútilmente en intentar dialogar con alguien que no está dispuesto a hacerlo.

Ceder la razón solo funciona, sin embargo, si por dentro estamos convencidos de que los demás no tienen que actuar siempre como esperamos; si comprendemos, profundamente, que cada uno de nosotros sufre sus propias neuras, con todo el derecho del mundo; si interiorizamos que nadie es perfecto y no pasa nada, está bien así. ¡Claro que sería genial si las personas que nos rodean se comportaran en sintonía con nuestros deseos! Y está bien persuadirles (que es diferente de manipularles) en beneficio mutuo, con buenos argumentos y delicadeza. Pero no siempre lo conseguiremos, como es natural. 


De lo contrario, si todavía albergamos creencias irracionales tales como:

“ella debería hacerme caso”

“él debería estar de acuerdo conmigo”

necesito que me muestre simpatía y aprobación”

“es terrible que diga algo en mi contra”

no soporto que me trate de esa manera”

es un desgraciado de la peor especie”


Ceder la razón solo funciona, sin embargo, si por dentro estamos convencidos de que los demás no tienen que actuar siempre como esperamos (...)

Si pensamos de esa manera, quedaremos retratados a la más mínima oportunidad, algún gesto más tenso nos delatará, una palabra subida de tono, una actitud de rechazo o distanciamiento inadecuada. Incluso podremos caer en la violencia y el maltrato. Eso sí, sería lamentable.


Por lo tanto, lo primero que hemos de aprender para lidiar sabiamente con personas difíciles, es que nadie es perfecto y que no pasa nada, no tiene la más mínima importancia. A ellas les queda un trabajo por delante, pero nosotros no tenemos porqué sentirnos ofendidos. Es más, la queja es una expresión de lo que tienen en su corazón: amargura, decepciones y sufrimiento. ¿No merecen nuestra compasión? ¡Por supuesto!


Finalizaremos, recordando una sabia lección de nuestro Evangelio, que los espíritus de luz nos ofrecen en el capítulo titulado Bienaventurados los que son misericordiosos. Dice así José, un espíritu protector:


“Espíritas, hoy queremos hablaros de la indulgencia, ese sentimiento tan dulce y fraternal que todo hombre debe tener para con sus hermanos, pero que muy pocos ponen en práctica.

La indulgencia no ve los defectos del prójimo, o si los ve, evita hablar de ellos o divulgarlos. Por el contrario, los oculta con el fin de que sólo ella los conozca, y si la malevolencia los descubre, siempre tiene a mano una excusa para disimularlos, es decir, una excusa plausible, formal, y no de aquellas que, con la apariencia de atenuar la falta, la hacen resaltar con pérfida maestría.

La indulgencia nunca se ocupa de los actos malos de los demás, a menos que sea para prestar un servicio; y aun así tiene cuidado de atenuarlos tanto como le sea posible. No hace observaciones que choquen, ni tiene reproches en los labios, sino solamente consejos, lo más a menudo velados.

Sed, pues, severos para con vosotros e indulgentes para con los demás. Recordad a Aquel que juzga en última instancia, que ve los pensamientos secretos de cada corazón, y que, por consiguiente, disculpa a menudo las faltas que vosotros censuráis, o condena las que disculpáis, porque conoce el móvil de todos los actos. Recordad que vosotros, que exclamáis tan alto la palabra ¡anatema!, quizás habéis cometido faltas más graves. 

Sed indulgentes, amigos míos, porque la indulgencia atrae, calma, rescata; mientras que el rigor desalienta, aparta e irrita.” (José, Espíritu protector. Burdeos, 1863).


Bibliografía:

Kardec, A. (2011). El Evangelio según el Espiritismo. Edicei.

Kardec, A. (2021). El Libro de los Médiums. Edicei.

Riso, W. (2016). Maravillosamente imperfecto. Escandalosamente feliz. Zenith.

Santandreu, R. (2024). No hagas montañas de granos de arena. Grijalbo.

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